domingo, 29 de julio de 2012


Aprendiendo a leer Oliverio Girondo

¡Caramba,  que fácil! Cómo no descubrí antes la sencilla fórmula de la poesía. Elemental, mi querido  Oliverio, basta buscar los poemas dentro de los plesorbos de ocio, (haberlo dicho antes), en los lunihemisferios de reflujos de coágulos de espuma de medusas de arena de los senos, que se pueden comprar en cualquier mercado. Busque en la sección de carnes, pregunte por el precio de las santas madres vacas hincadas sin aureola. Ahí está el poema, necios: ignífero, superimpuro, leso, lúcido, beodo esperando por ustedes.

Pero deben tener cuidado, en no toparse de frente con la lu tan luz tu, porque los puede anlucienlabismar, descentratekurizar, y de remate nirvanar la crucis con sus melimeleos, tan riesgosos.

Navegamos por las aguas turbulentas de sus letras, río embravecido que puede ahogar a cualquier principiante, hundirle sus psíquicas espinas mientras observamos a la descarada luna, que asoma desnuda sin piyamas utilizando nuestras escuálidas venas como tubos de ensayo.

Quedé agotado. Para leer a Girondo hay que tener condición física, entrenar todos los días, estar listos para arrancar un maratón que puede dejar exhausto al más pintado de los lectores.

Reconozco que me hizo sentir un idiota titulado a la primera leída. Terco yo, le di una segunda oportunidad, abandone los diccionarios, no encontré jamás el significado de: reconcubitedio, ni de hidefalo, y menos de la metafisirrata. (¿Rata más allá de lo físico?)
Me rendí, decidí volverlos a leer sin preocuparme por entenderlos, resultando una sensación lúdica, palabras compuestas, neologismos intrépidos, que no requieren del hemisferio izquierdo, basta leerlos dejándose penetrar, como si nos hiciera el amor una sueca. No entendemos todo lo que nos dice, pero se siente rico. En fin, seguimos la receta de Julieta, e intentamos percibir con el corazón, aunque el mío a veces es medio analfabeto.