sábado, 23 de febrero de 2008

Posmodernidad versus Globalización


Posmodernidad versus Globalización
por Álvaro Ancona

Según Wolfang Welsh, posmodernidad no puede definirse como una época que sigue a la modernidad. Se puede decir que está contenida en ella, en la época moderna, pero de manera oculta. No es un metarelato que propone una nueva manera de organizar al mundo. Por el contrario, la teoría posmoderna supone el fin de los grandes relatos y significa una actitud espiritual diferente antes todas las ideas. El primero de los grandes metarelatos fue la Ilustración, que propuso sepultar el oscurantismo que lo precedía y lograr la emancipación de la humanidad a través de la ciencia; El Idealismo prometía esa emancipación por conducto de la teología del espíritu; el Marxismo buscaba la solución a través de la revolución del proletariado; el Capitalismo, por medio del capital, y la era tecnológica, por medio de la sociedad de información.

Todos estos modelos totalitarios han sido probados en diferentes épocas, pero siempre operaron con el inconveniente que eran excluyentes uno del otro. Los sistemas basados en un Estado fuerte y proteccionista, se contradicen esencialmente con los que proponen al liberalismo, a las leyes de la oferta y la demanda, como fundamento.

La gran lección del siglo XX fue la desaparición de los regímenes estatistas. Atestiguamos la caída del muro de Berlín, el desmoronamiento de la Unión Soviética y el fracaso económico de los países que pretendieron manejarse con un régimen de gran Estado. El mercado fue el gran triunfador, y bajo sus reglas, se inició el siglo XXI.
Sin embargo, la teoría posmodernista sustenta la ruptura de las viejas exigencias de unidad y de sujeción a dicha unidad con el argumento de una reorientación emotiva, que constituye un fenómeno totalmente nuevo. Asegura el paso inminente a la pluralidad y confirma la idea de que la felicidad y el bienestar del ser humano pueden obtenerse mediante la diversidad en todos los ámbitos. La pluralidad no se puede colocar en una serie única ni entenderse en una unidad sistemática.

El cordón social que une a las diferentes comunidades humanas no está hecho de una fibra única, sino de muchos juegos de lenguaje que se cruzan y obedecen a reglas diferentes. No existe un metalenguaje universal, y eso imposibilita la comunicación en todos los ámbitos.
Cada cultura, cada forma de vida es legítima y defendible y debe tener la capacidad de ser incluyente y no reducir a las otras. La individualidad cultural debe aprender a observarse y a respetarse, convirtiendo ese respeto y aceptación en una virtud moral y política toral.
El posmodernismo pretende ir más allá de la simple aceptación de los valores básicos de cada comunidad y propone penetrar a las bases de cada cultura, llegar a las raíces esenciales.
La convivencia con diversas formas de identidad plural son fundamento del enfoque posmoderno que guarda analogías evidentes con el feminismo, por ejemplo. Se opone a la equiparación y a la pura alteridad que busca la esencia de la mujer de manera distintivamente masculina. La mujer posmoderna es una de las identidades plurales, cuya legitimidad no debe reducirse en la comparación.

La posmodernidad sólo puede tener éxito en los sistemas democráticos. Es tan plural, que se nutre tanto del consenso de las convicciones como de su disenso. El reconocimiento de los derechos fundamentales y de los derechos humanos constituye el derecho al desacuerdo de cada persona.

Vivir en plural significa aceptar que existen muchas verdades diferentes y que pueden actuar juntas en un individuo, provocando su pluralización interna. Deben poder coexistir las más disímiles ideas y los principios de conocimiento más opuestos. Cada manera de vivir (dentro de los límites de legitimidad y contenido razonable) debe aceptarse como una posibilidad auténtica de vida. Ninguna persona, ni comunidad, ni país incluso, prevalecen de manera absoluta. No puede darse una equidistancia entre las formas opuestas de existencia. Hay grandes y pequeñas afinidades, una fluida amalgama y un intercambio constante entre las diferentes identidades.
Cada persona es muchas personas a la vez. Nietzche aseguraba estar feliz por albergar en sí mismo, no sólo un alma inmortal sino muchas almas mortales. En el pensamiento de cada uno, conviven en franca armonía una multiplicidad de sujetos.
El hombre posmoderno debe reconstruirse para poder transformarse. La pluralidad sólo es viable para los que la aceptan y se mueven con una mentalidad múltiple. El tránsito se da entre los valores y creencias fundamentales.

La más importante de las barreras que se oponen a la pluralización es el miedo, reflejo del Yo narcisista que todo lo quiere. Ese miedo nos convierte en adolescentes, incapaces de aceptar la multiplicidad y vivir con ella. Ser un adulto posmoderno significa asesinar al viejo tipo de sujeto —marcado por hábitos de dominación que al final se le estrellan en la cara— y volverse uno nuevo. Un nuevo tipo de sujeto capaz de hacer justicia a lo heterogéneo y de no tener miedo a ser diferente. No se trata de controlar ni de vencer de manera caprichosa a los demás, sino de comprometerse con el otro y dejarse transformar. Aprender a utilizar la empatía, ponerse en los zapatos del otro y mirar desde su punto de vista particular para intentar entenderlo.
La creencia cerrada en verdades absolutas conduce al hombre a la incompetencia fanática. Nadie es competente sin la experiencia, de que algo que es claro desde una perspectiva determinada, lo puede ser igualmente desde otra. Cualquier verdad debe apoyarse en la transparencia de sus condiciones de verdad. El principio de una teoría posmoderna es reconocer las particularidades de toda conjetura, la consideración de las diferentes alternativas, imprecisiones y zonas grises.
Los grandes relatos como el liberalismo y el estatismo, pretenden alcanzar el sentido pleno, absoluto, válido en cualquier época y lugar. Lo que caracteriza la estructura del sentido, son precisamente los desplazamientos, las dispersiones y sustituciones. No lo definitivo y radical. Por eso, los metarelatos tienden a desaparecer y a ser sustituidos por otros.
La teoría posmoderna está vacunada contra la ceguera de taller que producen las teorías totalitarias.

Nuestra filosofía primera, se ha convertido, en sentido elemental, en una filosofía estética. En la antigüedad, las afirmaciones generales sobre la realidad se derivaban a partir del ser; en la edad moderna, a partir de la conciencia; en la modernidad, a partir del lenguaje. En la posmodernidad actual, atestiguamos el tránsito hacia un paradigma estético. Nuestro conocimiento de la realidad no se limita a ser reproductor, sino actúa como creativo. Kant (La crítica de la Razón pura), y Nietzsche (Nietzsche 1980, vol. I, pag. 887), comprobaron que producimos realidad por métodos ficcionales: a través de las formas de percepción, de las imágenes básicas, de las metáforas guía, de las imágenes fantásticas y de las proyecciones. A través de la metáfora, damos origen a cascadas de la realidad, de manera que todo lo que está más allá de los meros estímulos nerviosos, es producto del arte humano.

El ser humano es un poderoso genio constructivo, que levanta una catedral conceptual sobre un fundamento inconsistente y aguas fluyentes. Eso convierte a la realidad en algo estético a partir de su producción, de los medios con los que se crea, y por su carácter movedizo. De acuerdo con todos los pensadores importantes del siglo XX, como Popper (Popper 1969, pag 103), Neurath (Neurath 1932 – 1933), la constitución artística de la realidad, es una concepción inevitable de todo pensamiento de avanzada.

Aceptando la índole creativa de la realidad, deberemos aceptar la aparición de la multiplicidad de diferentes realidades, que no pueden reducirse unas a otras, ni ser llevadas a un común denominador. Mucho menos pueden ser medidas de manera fundamentalista respecto de la realidad que no existe. La verdad no se puede medir. La suma de realidades no conforman un megaproyecto, ni una gran realidad. Existen todas, son factibles y respetables, entre ellas debemos transitar sin necesidad de un paradigma supremo.
La idea de la realidad se ha vuelto básicamente estética. “Detrás de las paredes pintadas, no nos espera la auténtica pared, sino otras paredes pintadas” (Rorty 1989, pág. 99),.
Se busca un punto de convergencia de muchos paradigmas y formas de ciencia, no hay fundamento primero ni último, las relaciones se fundamentan en otras relaciones y desde ahí se conducen a otras relaciones.
El pensamiento posmoderno dice adiós a las ilusiones fundamentalistas.

La realidad del mundo de hoy
Confrontemos la realidad, la práctica, la que podemos tocar todos los días, la realidad que supera la visión estética, la teoría posmoderna y que nos estalla en la cara cada que abrimos un periódico.

Hoy en día, a principios del siglo XXI…
La globalización domina al mundo controlando las grandes empresas, y los grupos financieros e industriales[1].
Rebasa a los políticos, a los intelectuales, a los humanos en general, es una fuerza que nadie puede detener ni controlar.
Se producen alimentos suficientes para el 110% de la población y, sin embargo, mueren 30 millones de personas al año de hambre porque no pueden comprarlos, y 800 millones más sufren de desnutrición.
El imperio global trae amenazas globales: terrorismo, narcotráfico, especulación bursátil, quiebra de grandes empresas.
El imperio moderno se expande conquistando mercados, no Estados ni territorios.
Los protagonistas tradicionales: nobleza, clero, Estado llano, fueron sustituidos por asociaciones de estados: TLC, Unión Europea, OTAN, y por asociaciones globales: ONU, OMC, UNESCO.
El imperio no garantiza el nivel satisfactorio de vida para sus miembros. En Estados Unidos hay más de 50 millones de pobres, igual que en la Unión Europea.
Las 225 fortunas más grandes del mundo, equivalen al ingreso anual de los 2, 500, 000 personas más pobres.
Los nuevos países pequeños, que existen a raíz de la desintegración de los imperios, viven en su gran mayoría en la pobreza.
La explotación de las materias primas, sustento fundamental de los países en desarrollo, es manipulada por las potencias, que determinan su precio de acuerdo con sus intereses y han desarrollado tecnología que las sustituye con productos sintéticos.
Los países más poblados, con más recursos naturales, y con mayor territorio (parámetros tradicionales de poder), son hoy los más pobres (excepción hecha del imperio).
La globalización ha provocado el caos, la intolerancia. Desde el fin de la Guerra Fría se han producido más de 80 conflictos armados.
Las macroempresas son entidades más poderosas que los Estados. El volumen de negocio de empresas como EXXON o General Motors, es superior al PIB de países ricos, como Dinamarca o Austria.
Las 100 empresas más grandes venden, cada una, más que lo que exportan los 100 países más pobres, y controlan el 70% del comercio mundial.
El poder real en el mundo recae mucho más en los directores de esas empresas, que en los presidentes o parlamentos de los países.
La comunicación global (TV, cine, Internet, publicidad) afecta a las conciencias abarcando no sólo la política y los negocios, sino también la cultura, la música, el deporte y la religión.
Los gobiernos van cediendo actividades tradicionales del sector público, como la energía eléctrica y la educación, al mercado.
El mercado clasifica a la sociedad en: solventes e insolventes.
El medio ambiente muestra signos muy alarmantes de debilitamiento.
Se necesitan 9,000 millones de dólares para resolver los problemas de educación básica de todos los países en desarrollo; se gastan 9,000 millones de dólares al año en cosméticos, sólo en Estados Unidos[2].
Con los 13,000 millones de dólares que los europeos gastan en helados al año, podrían resolverse las necesidades de agua, salud y alimento en los países pobres.
El mundo gasta más de 800,000 millones al año en armamentos; se necesitan 6,000 millones de dólares para dar escuela a todos los niños del mundo.
¿Qué nos dicen estas cifras?
Que la teoría posmoderna seguirá siendo una ficción escolástica e intelectual que choca, en el día a día, con un metarelato que supera con sus cifras y hechos contundentes a los sueños posmodernistas. Ese metarelato se llama globalización y, a diferencia de los anteriores, no es producto de una ideología, como el marxismo o el nacionalismo, ni de una decisión personal o de grupo. No se trata de decidir vivir bajo un régimen determinado, ni de entrar o no entrar a la globalización. Estamos adentro, nos atrapó, nadie puede sustraerse a su influencia, y menos los países más pobres.
La globalización tiene un defecto estructural básico. El libre comercio implantado por los tratados multilaterales favorece a las grandes corporaciones competitivas e inmoviliza prácticamente a las pequeñas y medianas empresas, que representan el más elevado porcentaje de empleo y subsistencia en los países en vías de desarrollo. La globalización acentúa las diferencias entre los países ricos y pobres, y los principales indicadores señalan que esa tendencia es irreversible bajo el sistema actual. El 20% de la población del mundo (los ricos), consumen el 90% de todo lo que se produce[3]. La globalización provoca otro problema propiamente económico: las inversiones especulativas superan por mucho a las inversiones productivas. La crisis de la globalización entonces, no es una crisis de las empresas de información, ni de la tecnología. Es una crisis del sistema financiero internacional provocada por el control de los monopolios sobre los países y los dirigentes políticos.
Otro de los problemas inherentes al nuevo metarelato llamado globalización, es la migración de los campesinos a las zonas urbanas. Al industrializarse la producción agrícola, se requiere de menor cantidad de mano de obra, lo que conduce a la erradicación de una de las más antiguas formas de subsistencia: la vida agraria. Los habitantes de los pequeños poblados agrícolas emigran a las grandes capitales, convirtiéndose en obreros de empresas maquiladoras, en albañiles, en comerciantes de la economía informal, o lo que es peor, en delincuentes. Los que no encuentran trabajo en las grandes urbes de su propio país, emigran en busca del espejismo del sueño americano, creando un enorme problema que trataremos más adelante.
El papel del estado ante la globalización modifica de manera radical sus funciones básicas. El antiguo Estado propietario, debe ceder su lugar al nuevo Estado regulador y normativo. No puede existir una democracia fuerte, sin la base de un Estado fuerte, y ése es el gran reto de los nuevos gobiernos democráticos en América Latina y en especial en México. Los efectos nocivos de la globalización para un país con agentes económicos débiles como México son muchos, por eso debe enfocar su esfuerzo en retomar los valores sociales, y revalorar al capital humano. No puede esperar a que la inercia especulativa global provea soluciones, hay que arrebatárselas a la globalización. Hacer un inventario de los recursos con los que cuenta el país, para intentar sentar las bases de un crecimiento, dentro de un mundo global del que no puede sustraerse. Ser miembro activo y dinámico de la globalización, en vez de resistirse a ella. Finalmente, la globalidad se compone de pequeñas partes, de países, de asociaciones de países, de instancias internacionales, de corporaciones industriales y comerciales, de pueblos, de personas, en última instancia. La globalización es resultado de la voluntad humana, es un monstruo que la inteligencia del hombre puede y debe manejar, por su propio bien. Cada gobierno es responsable de implementar un liderazgo, público y privado, fuerte y sólido, consciente de sus propias responsabilidades.
El estatismo perdió la guerra en el siglo XX. El totalitarismo comunista y las dictaduras castrenses cedieron la estafeta a un liberalismo que está resultando peor en el contexto global. Vivimos en un mundo dominado por la lógica especulativa, por el dominio de los nuevos metarelatos globales, por una tecnología, una política y una economía, que escapan de la mano de los hombres, que lo dominan y subyugan. El orden internacional está comandado por estas fuerzas, por poderes que nadie puede controlar, que se burlan de las soberanías caseras, de la lucha por la individualidad, de la identidad de países pobres y de habitantes que no saben si seguir comiendo tacos de carnitas y agua de tamarindo, o rendirse ante la invasión de McDonalds y de Coca cola.

Conclusiones.
La globalización no va a preocuparse jamás por aspectos sociales, eso hay que entenderlo. Como habíamos mencionado, clasifica a las personas en solventes e insolventes. Queda entonces como responsabilidad de cada país intentar socializar la economía global, tomar como base a la sociedad civil y a la realidad cultural para intentar sujetar al mundo global y a sus engendros.
El 29 de junio de 2004, se realizó en la Ciudad de México una gran manifestación espontánea, en la que cientos de miles de ciudadanos protestaron en paz, por la creciente criminalidad de la capital y de todo el país. Ante la ineficacia notoria de las autoridades, la ciudadanía decidió marchar en el mayor movimiento social de la historia de México, superior que las manifestaciones del movimiento estudiantil de 1968. Demostraron a los dirigentes que están hartos del dominio de la delincuencia sobre la sociedad civil. Fue un ultimátum al gobierno federal y estatal. ¡O controlan la impunidad de los delincuentes o los cambian! Tan sencillo como eso. No es posible que la delincuencia organizada supere habitualmente a todo un país. Ése, es un principio espléndido. En el momento que los habitantes del mundo decidan poner un alto a los excesos de los gobernantes entonces el camino estará despejado. Es indispensable que las sociedades civiles se activen, que las culturas diversificadas se opongan a la cultura lúdica mundial que nos están imponiendo. Sólo una sociedad bien educada y unida puede utilizar el proceso globalizador en su beneficio, convertirlo en oportunidades de crecimiento, justicia y bienestar.
Todos los sectores activos del país, públicos, privados y sociales deben adquirir la conciencia de servir primero a su comunidad local, a su acervo cultural, antes de los intereses globales que los requieren con insistencia.
Hasta hoy, la única oposición que tiene la globalización está en los grupos a los que el presidente mexicano Ernesto Zedillo bautizó como “globalifóbicos”, pero en realidad poco o nada han podido hacer ante la economía global, que por cuenta propia da prioridad a la calidad sobre la cantidad de los productos que llegan al consumidor a través de alianzas internacionales de gran poder comercial. Poco pueden hacer manifestaciones aisladas de descontento ante el coloso económico.
La globalización y sus poderosos agentes económicos no pueden sustituir al Estado, solamente lo deben transformar de un estado benefactor a un estado regulador[4]. La globalización amplía las tareas públicas en vez de restringirlas o de suprimirlas. Reafirma la función distributiva por la vía fiscal. El Estado mexicano deberá seguir siendo factor toral para implantar las políticas de salud y educación. Con un Estado fuerte (no grande), una empresa privada productiva (no especulativa), y una sociedad civil despierta y activa, la globalización puede ser una herramienta de bienestar en lugar de la espada de Damocles del siglo XXI.
La globalización no tiene nacionalidad, tampoco la tecnología, ni las organizaciones internacionales, pero tampoco la corrupción y el narcotráfico son patrimonio de país alguno, por eso son tan difíciles de ubicar y erradicar. La globalización no es una panacea, ni un monstruo incontrolable. Es resultado de la tecnología, de las telecomunicaciones, de la mercadotecnia internacional. Ningún país puede sustraerse a ella, todos tienen que subirse al ferrocarril global y utilizarlo a su favor, no tratar de poner barreras a algo que no puede detenerse. Fernando Enrique Cardoso, ex presidente de Brasil, propuso enfrentar a la globalización con sus misma armas, globalizando también la solidaridad. Instrumentar un nuevo contrato internacional entre naciones libres y soberanas, globalizar los derechos, la salud, la educación, la seguridad y el medio ambiente.
La utopía posmoderna de la pluralidad cultural se enfrenta a un metarelato con el que no contaba: la globalización que llegó sin avisar.
De todas partes surgen tesis, los pensadores no se cruzan los brazos. George Monbiot, es su libro "La era del consenso", propone una solución muy simple: “contra lo que se dice, el mundo no se maneja de manera democrática y, por tanto, la gran revolución de nuestro tiempo debe consistir en alterar ese estado de cosas y luchar por todos los medios a fin de establecer una auténtica democracia global”. Lo único que no se ha globalizado en el siglo XXI, es la democracia de las naciones. El mundo se organizó de tal manera después de la Segunda Guerra Mundial, que los aliados vencedores —en especial Estados Unidos—, tomaran el poder de decisión a nivel mundial, sin importar la opinión de los cientos de pequeños países. El país más democrático del mundo, en su política interior, es el más anárquico del mundo en cuanto a sus intereses exteriores. La ONU desaprobó por mayoría la intervención en Irak, pero antes de que pudiera publicar la conclusión, el ejercito de Estados Unidos ya había terminado la guerra. Muestra reciente de que la ONU, la OMC, el FMI y el Banco Mundial —que deberían representar la democracia internacional—, están dominadas por Estados Unidos y sus aliados. Los intereses de la comunidad global son manejados de acuerdo con los criterios de un pequeño grupo de países, situación que se torna intolerable para los más de 6,000 millones de habitantes del mundo. Monbiot asegura que esos organismos no pueden reformarse, por la restricción que les imponen los postulados que les dieron vida, ni siquiera vale la pena intentarlo.
Su tesis propone la constitución de un parlamento mundial que carezca de poderes ejecutivos y legislativos, cuya función consista en intermediar en todo tipo de conflictos entre las diferentes naciones. Junto a este parlamento mundial tendrían que operar instituciones alternas para controlar la economía planetaria. La primera de estas instituciones podría ser la Unión Internacional de Compensación, un substituto del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional en el que los países deudores podrían hallarse en nivel de igualdad con los acreedores. Para que las naciones ricas aceptaran esta pérdida de poder, las naciones deudoras tendrían que aliarse y amenazar con una suspensión de pagos. La segunda institución sería una OrganizaciónOrganización del Comercio Justo que vigilara la igualdad de las transacciones comerciales, y la obligación de las grandes empresas de seguir las normas ambientales y sociales. Por supuesto, la propuesta de Monbiot depende de la unión de los países pobres y del activismo de los ricos.

La idea posmoderna de la vida plural, que en esencia postula el fin de los grandes relatos, tendría que aceptar el más grande de los metarelatos, La globalización, para tener viabilidad.




[1] Guerras del siglo XXI, El nuevo rostro del mundo, pag. 11, Ignacio Ramonet, Ed. Modadori
[2] En esto creo, 2002,Carlos Fuentes, Ed. Seix Barral
[3] En esto creo, Carlos Fuentes, pag. 89, Ed. Seix Barral
[4] Tomado de un editorial en Reforma de Jesús Reyes Heroles.