jueves, 2 de octubre de 2008

2 de octubre de 1968 (Fragmento del libro “El salón de los espejos.)


Hace cuarenta años.

El sexenio de Gustavo Díaz Ordaz había empezado con espléndidas perspectivas. Se pudo continuar con el control de la inflación y un alto crecimiento económico. El Estado se fortaleció, se crearon nuevas empresas estatales. Todo lucía muy bien, pero el germen de la inconformidad estudiantil, atizada por los intelectuales de izquierda, tomaba grandes proporciones. Los campus de la Universidad y del Politécnico se convirtieron en ágora del escenario político; ahí se imprimía la propaganda antigobiernista en mimeógrafo, y los posters del Che Guevara incitando a la lucha. Se iniciaron las grandes manifestaciones: los estudiantes marchaban junto a maestros, padres de familia, rectores. Los oradores arengaban contra Díaz Ordaz en todas partes, despotricaban contra la tiranía, la dictadura disfrazada y la injusticia. Llegaron a izar una bandera de huelga en el zócalo capitalino. El movimiento incluía a todos los sectores de la población, exceptuando a los obreros y campesinos amordazados por los sindicatos. Díaz Ordaz tuvo que tomar medidas enérgicas. O cortaba de tajo el movimiento estudiantil, o se suspendían los Juegos Olímpicos. El presidente menospreciaba al estudiantado, estaba dolido por las obscenas consignas que le endilgaban en las manifestaciones, acusaba a los líderes de comunistas. El dos de octubre de 1968, una semana antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, los líderes del movimiento convocaron a un mitin en la Plaza de las tres Culturas en Tlatelolco. El ejército rodeó la Plaza, apostando tanques en los alrededores. Los estudiantes se habían acostumbrado a verlos, no sintieron temor. Dos luces de bengala, una verde y una roja rompieron la oscuridad de la noche. El ejército avanzó en posición de combate y empezó la refriega. Los muchachos corrían aterrorizados, el juego de la huelga estudiantil se convirtió en una guerra de verdad. Una guerra entre padres e hijos, entre gobierno y pueblo, entre intolerancia y cansancio.

El sol del tres de octubre iluminó una plaza roja, teñida con la sangre de ingenuos estudiantes, que pretendieron cambiar al país. La Plaza de las Tres Culturas tenía un nuevo símbolo: la sangre derramada por los aztecas en la conquista, la derramada por el pueblo en la Revolución, la nueva, la sangre joven y fresca de los estudiantes, derramada por la intolerancia de un sistema arbitrario y bárbaro. Sobre esos cimientos de sangre se empezó a construir un México nuevo. En la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, Díaz Ordaz recibió la mayor muestra de repudio de los tiempos modernos, una serenata de chiflidos e insultos, que seguramente lo acompañaron hasta su muerte.