viernes, 17 de diciembre de 2010

Síndrome de Scrogge

Escucho campanitas en el tejado, pero no,
no me estoy volviendo loco cofrades de la noche,
son renos, proverbiales renos voladores halando el trineo
del hombre blanco y barbado de de la mitología escandinava
con su gran barriga roja y sus carcajadas legendarias
y me pregunto sí así vieron mis congéneres prehispánicos
a Gonzalo Guerrero cuando encalló su carabela
en el arrecife de la antigua Zamá en el siglo XVI del Señor.

El invierno desafía a los monos desnudos
con un frío de los mil diablos, y el diablo a los niños pudientes
con un reto de los mil inviernos para que elijan juegos
en su I pod suficientes para matar el ocio vacacional
mientras los menesterosos reclaman su Navidad
como impuesto de temporada en un bote de hojalata.

Como fondo musical la radio, a fuerza de payola,
nos regala una nueva versión con la ley de la oferta
y la demanda del Jingle Bells.

Los peatones inventan la versión tercermundista de la rush hour
neoyorquina moviéndose como hormigas despistadas, acarreando
por calles y centros comerciales un árbol de Navidad en la espalda
y haciendo malvares con cajas de regalo vestidas de querubines obesos
y coronas de adviento repletas de buenas intenciones.

Sólo por eso, al primer repique campanil o mugido de Rodolfo,
el ridículo reno de la roja nariz, exhibo públicamente mi credencial
de miembro fundador y honorario del club de Scrooge
firmada por el propio Dickens y me refugio buscando la paz
de mi sillón favorito para leer los libros que el año por morir
dejó en lista de espera.