lunes, 27 de junio de 2011

De poetas y locos...



El fotógrafo y el poeta

Caminan descalzos por la arena
en el sentido contrario a sus sombras
buscando que el sol les permita congelar
sus últimos soplos de luz. Uno
con los píxeles de su cámara digital y el otro
con los símbolos de la grafía.
El fotógrafo y el poeta se disputan
el honor de ganar la última palabra.

Aprestan los instrumentos.
El crepúsculo suele ser caprichoso y
huir en cuestión de segundos.
El dedo en el disparador
la mano sobre el corazón
la mirada al nivel del horizonte. Atrapan
la despedida del rey cósmico
que queda cautivo para siempre en
láminas de plata y letras de tinta sepia.

El ciego y el poeta

Coinciden en la misma banca
del mismo parque
a la misma hora
del mismo día.
Uno no puede ver nada, no tiene ojos,
otro no quiere ver nada, no tiene ganas. .

De que color es el susurro de las aves
pregunta el ciego.
Qué forma tiene el viento.
Qué diablos es una sonrisa.

El susurro de las palomas es azul
del mismo color que el agua,
el viento es un suspiro, un beso fugaz.
La sonrisa es una caricia del alma.

El ciego sueña con palomas de agua
sonrisas de viento y caricias azules.
Abre poco a poco las palabras.


El sabio y el poeta

Se ven con difidencia, no se intuyen,
antípodas conceptuales que no pueden ver
en su arrogancia, que buscan
las mismas cosas en el cielo: uno con
sus telescopios, el otro con sus sueños.

Despojan de su burka a las estrellas,
son voyeurs de la púdica luna que, nada
puede hacer para ocultar su desnudez.
Inquieren ambos los enigmas del océano
descifran las entretelas de los átomos,
los teoremas ciegos y las leyes de lo perpetuo.

Intuye el astrónomo, premiado con el Nobel,
que más allá de sus visiones irrefutables,
en el lado oculto de las estrellas y los asteroides,
hay secretos ocultos a la vista de su poderoso telescopio.
Hoyos negros invisibles a la praxis y la ciencia que
sólo las lentes de un poeta pueden descubrir.

El sabio guarda sus instrumentos,
el poeta sus palabras y sus versos,
al final de la jornada, se dan la mano
cuando sale el sol y se van a dormir.

El loco y el poeta

Cuando la noche anuncia su presencia
despiertan a la vida: el loco tirando pedradas
a al luna y el poeta robando inspiración al
desvarío del flamante David. Insiste el loco
en derribar la luz con el poder de su honda
y el poeta convierte los llamados primitivos en
metáforas de luz y sueños de agua.

El loco no ha alcanzado jamás a la luna
pero es el que llega las piedras más lejos.
El poeta nunca ha vendido un verso
pero sus letras conmueven, desafían a la ley
de la gravedad, revelan sentimientos y llegan
tan alto como las piedras del loco.

Ambos duermen tranquilos al alba por el deber cumplido.
La luna se pone la pijama y reza una oración
por haber salido ilesa de la demencia nocturna.

La musa y el poeta

Quien me diera una musa de fuego que os transporte
al cielo más brillante de la imaginación.
William Shakespeare.

Epifanía vagabunda

Toca la luz al poeta justo cuando la luna no hace sombra sobre la tierra.
El inefable Apolo afina la lira e invoca a los blancos corceles de Orfeo
para que sobrevuelen los Campos Elíseos llevando al juglar
como Argonauta y gaviero en la cresta del velamen.

Baila la musa sobre la cama de girasoles. Se desliza en una
piroutte que deja al viajero con la memoria llena de tropos.
La flauta de Pan los enloquece con su concierto para una sola voz.

Las pasiones hacen erupción e inundan valles y ríos del Olimpo.
Estallan el agua de los mares y la sangre de las venas
en lava ardiente que incendia al universo en un orgasmo de letras
y convierte en palabra la inspiración divina.

La musa y el poeta duermen abrazados en sábanas de papel
hasta que el sol los despierta con la sonrisa del nuevo día.

La puta y el poeta

Se cruzan en el parque del reloj chino justo cuando
las manecillas coinciden en tiempo y espacio.
Uno camina velando sus armas, buscando la iluminación
que le robaron los avatares de la espesa cotidianidad;
la otra circula coloreando sus labios y sus ojos,
ofreciendo el lienzo de su piel al mejor pintor.
Intentan ambos rescatar las treinta monedas
que perdieron al romper la alcancía de su candidez.

Se obsequian en cada giro, el laurel de una sonrisa,
complicidad negociada por la vulnerabilidad del momento. .
Al poeta se le esconden las palabras y a la puta
los usuarios que posponen sus encanto para mejor día.
A la luz primera se disuelven sus huellas entre las
luces de neón que se apagan y la liviandad 
de una nueva batalla que ya quieren dar.

2 comentarios:

Monja de Clausura Orden de Predicadores dijo...

Hola Alvaro , pásate a recoger un premio con motivo de mi cumpleaños.
Te dejo mi ternura
Sor. Cecilia

Monja de Clausura Orden de Predicadores dijo...

Estás bien?
Te dejo mi ternura y preocupación
Sor.Cecilia