martes, 10 de enero de 2012


Los huevos de don Arturo

“Permitidme tutearos, imbéciles:
Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera… “

Y ustedes permítanme a mí, tolerantes lectores, utilizar este controvertido y enérgico texto de don Arturo Pérez Reverte como epígrafe, pero me parece justo lo que muchos queremos decir desde hace tiempo a nuestros políticos.

Quizá la inauguración de la “estela de luz” fue la proverbial gota que derramó el vaso en nuestra conciencia, o las decenas de cadáveres encontrados ayer en distintas partes, o el portero de los rayados que es miembro de una banda de secuestradores, o los servidores públicos cotidianamente removidos por corruptos, o la logorrea agotadora de los candidatos de todos los partidos, o el policía de tránsito que me intentó morder ayer, o la marcha de los franeleros que protestan porque la autoridad de la ciudad instaló parquímetros en “sus” calles,

o quizá porque no olvidamos al Fobaproa, ni al movimiento estudiantil del 68, ni las ligas de Bejarano, ni los negocios de los parientes de Martita, ni los errores de diciembre, de enero y de febrero,
que también les digo a quienes fue encomendada la administración de nuestro país:

Permítanme hablarles de tú, imbéciles,

pero tenemos 200 años pagándoles un sueldo que no merecen y cediéndoles un poder del que han abusado desde que el país existe como tal.

El problema es que no se han enterado, me consta después de hablar con muchos de ustedes. Poco les importa la opinión pública, “son cosas tradicionales de la plebe” dicen desde que México era gobernado por Maximiliano de Habsburgo. Están ustedes tan ocupados escarbando por el nuevo hueso sexenal, anulándose unos otros en una pelea de perros que excluye la opinión de los ciudadanos de a pie, utilizando hasta el último recurso legal para posponer la transparencia y ocultar sus malos manejos, que no han tenido tiempo para rendir cuentas a una ciudadanía, que no las exige porque no sabe cómo y se limita a hablar mal de ustedes en los cafés, pandilla de incompetentes que tienen a nuestro resistente México lleno de pobres y desesperanzados.

Permítanme hablarles de tú, ineptos,

pero estamos cansados de la impunidad, de las disculpas, de los triunfalismos y los discursos optimistas, de los sindicatos charros que respiran a través de sus heridas, de los dinosaurios que amenazan con regresar, de una izquierda dogmática e ineficiente que repite como perico las arengas mal aprendidas del Che o la retórica de Eduardo Galeano, y de una derecha que utiliza la cruz y el dólar como logotipo del poder y que ha demostrado su ineficiencia en dos sexenios.

Estamos hasta el gorro de la falta de cultura, del empleo informal que ha tomado posesión de las calles, de los egresados de las universidades que no encuentran empleo, de los poderes fácticos, de los líderes sindicales, de los legisladores que no legislan, de los jueces que no juzgan y de los ejecutivos que no ejecutan.

Cuidado, señores de los tres poderes. El México bronco, que presagiara Porfirio Díaz a bordo del Ipiranga hace más de cien años y retomara Reyes Heroles hace tres décadas, está despertando y las redes sociales le están poniendo en las manos un instrumento para organizarse y gritar de una vez por todas. Un México bronco que no sabe manejar armas, pero que está latente en la memoria colectiva, en la conciencia de los estudiantes universitarios, en la paciencia de 200 años de un pueblo que está empezando a desesperarse y que puede tomar medidas enérgicas ante ustedes, que siguen demostrando su ineficiencia e ineficacia para llevar las riendas de un país que merece un mejor destino.

Permítanme hablarles de tú, inútiles,

no besarles la mano, no arrodillarme ante ustedes, pero no hay otro lenguaje más adecuado para darles un ultimátum ciudadano.