lunes, 19 de noviembre de 2007

El México que recuerdo




Nadie me preguntó. Cuando me di cuenta ya era mexicano; me gustaban las garnachas y los pambazos, y mi ronco pecho profería gritos destemplados con el puro inicio del Son de la negra. Ni siquiera me consultaron mis gentiles progenitores si hubiera preferido nacer en Suecia o en Singapur.

Mi México nació el mismo día que yo, cuando Lázaro se levantó, andó, y dividió las haciendas en cachitos. Todo era ya un desmadre, juro que yo no lo organicé. Los españoles y los franceses ya se habían ido, estábamos solitos.

Mi tribu emergía del conglomerado municipal de alta densidad, intentando ubicarse en la novedosa clase media; un padre violinista que cargaba un maletín de medicinas, y una mater amabilis revestida de la inteligencia que sólo puede proveer la buena onda.

Los hilos de mi México, el mío, el que no le presto a nadie, los movía con destreza revolucionaria un partido autócrata, que nos convencía con su discurso demagógico que caminábamos hacia el bienestar global, y que cedía el timón cada seis años a un nuevo hijo de la Revolución.

Ya por los sesenta, nos rebelamos a la dictadura tripartita: políticos, padres y maestros; nos pusimos pantalones de mezclilla —ropa de obrero, reclamaba mi madre— que nunca se lavaban, zapatos tenis, vaselina sólida, y abandonamos sin mayor aviso a Agustín Lara y Los Panchos, para entregar nuestra adolescencia apresurada al degenerado Elvis, los satánicos greñudos de Liverpool, y nuestra versión autóctona: los Teen Tops.

Poco sabía yo de mi México integral, de mis raíces del Mayab antepasado, pero ya tenía puesta la camiseta del tri, e integrado a mi disco duro el águila tragona, y los tacos de buche con salsa verde.

Desfilaron por el México que recuerdo: un viejito cascarrabias, un popular viajero y viejero, un Neandertal que bajó del árbol, convirtió las tres culturas en una sola y nos sacó a las calles; un prócer pelón del tercer mundo, un perro chillón que defendía el peso a mordidas, un tibio madrileño, un segundo pelón de grandes orejas —Jesucristo nos ampare—, un economista del color del smog, y finalmente, un ranchero enamorado, mandilón, que nos pintó de azul la Revolución.

Pero mi México —no sé el de ustedes—, aunque no era sanforizado y se encogió a la primera lavada, es más resistente que sus montañas y volcanes. Está vivito y coleando, despierto, lleno de colores y sabores, de chiles en nogada y cochinita pibil.

Me toca vivir la parte vieja, la década sexta de mi propia constitución, pero mi México está joven. Le toca cuidarlo a mis hijos y a sus cuates; chavos tecnológicos mejor preparados, con mente global pero amantes del buen tequila.

¡Ái se los dejo!, espero que me lo cuiden bien. No lo vayan a romper como nosotros.