domingo, 16 de diciembre de 2007

La arrogancia del charco


Por fin encuentro la razón,
de mi rostro extraviado en la casualidad
del más fugaz de los espejos: un charco de agua,
hijo olvidado de la voluble lluvia
que cerró el telón efímero del entretiempo.

Entre larvas —presagio del futuro—
y un arsenal de polvo, transformado en lodo nuevo
—el charco es el caldo de cultivo de los dioses—
aparece la imagen del hombre que no llegué a ser,
con el fondo azul de un paraíso inalcanzable
para las manos cansadas que quieren atraparlo.

Mi conciencia se disuelve entre el cristal de fango,
que en su delirio de grandeza,
insiste en ser espejo fiel del verdadero olimpo.
Se siente escriba del más grande de los creadores
y poseedor exclusivo de su rostro,
que es el mío con arrugas guardadas en conserva
para este preciso momento.

Mi cara se enciende en una aureola de sol,
por un instante soy un santo del Renacimiento.
Embelezado con la luz que me deslumbra —mi propia irradiación—
pierdo el sentido de las manecillas de gusanos
y no me doy cuenta que el agua se sublima
enamorada de ese genio amarillo
que se lleva cada gota
hasta que el charco y yo nos evaporamos.