jueves, 5 de junio de 2008

México, su historia (25 cuartillas)


Lo prometido.


Para hablar del origen del mexicano, tenemos que remontarnos unos treinta o cuarenta mil años atrás y, vale aclarar, que ninguna de las teorías tiene un soporte científico. La primera teoría del hombre en América, presupone la existencia de la Atlántida, un continente que unía a América con Europa. Otra, nos habla del autoctonismo, es decir, de que el ser humano es originario de América, en especial de Yucatán. La tercera hipótesis, supone la llegada de viajeros de los archipiélagos de la Polinesia, un grupo de islas que está en Oceanía, cerca de Australia. Todas estas conjeturas, han sido rebatidas durante muchos años, ninguna tiene alguna base científica. La más lógica de todas, sustenta que los primeros americanos emigraron de Asia a través del Estrecho de Bering. Es la única que tiene pruebas históricas, por lo tanto, la más aceptada. Se habla de diferentes emigraciones que se ubicaron en toda América. En especial, en la llamada Mesoamérica, la zona más fértil del continente.

A partir de esta teoría, tendremos que recorrer muchos años, digamos treinta mil, para llegar al principio de la historia que conocemos, la que tiene bases científicas. Se divide en periodos, para su comprensión y clasificación. El primero es el llamado Preclásico. No sabemos cuándo empieza, pero termina en el año trescientos después de Cristo. En este ciclo, se desarrollan las culturas: Olmeca, en Veracruz y Tabasco, considerada la madre de todas las culturas mesoamericanas; la premaya, en Yucatán, y la mixtecozapoteca en Oaxaca.

Sigue el periodo Clásico, del año trescientos al novecientos. Surge la cultura teotihuacana, aquí en el estado de México, en Puebla, Veracruz, Morelos y Oaxaca.
El siguiente periodo, llamado Posclásico, va del novecientos al 1521. Se desarrollan las culturas: tolteca–chichimeca, en Puebla y Tlaxcala; la mexica, en lo que hoy es la Ciudad de México; la tarasca–purépecha, en Michoacán y la mixteca, en Oaxaca. De esas culturas venimos todos; son nuestros abuelos.

Los españoles encontraron una gran variedad de grupos. Se hablaban más de cincuenta lenguas diferentes en Mesoamérica. Importante anotar, que cuando arribaron los conquistadores, las culturas más trascendentes habían desaparecido o se encontraban en plena decadencia. Los conquistadores encontraron las ruinas de lo que fueron las grandes ciudades. La cultura principal era la azteca o mexica, que concentraba su poder en Tenochtitlan. Casi todos los demás pueblos rendían tributo a los mexicas. Por cierto, de ese pueblo proviene el nombre de nuestro país, México, que los españoles insisten en escribir con jota.
El descubrimiento de América marcó una etapa de gran relevancia en la historia de la humanidad, y provocó importantes disputas entre España y Portugal por la propiedad del nuevo mundo.

A Veracruz arribó Hernán Cortés, iniciando la conquista. Los iberos eran un puñado de aventureros, pero encontraron a nuestros abuelos en guerra, se aliaron en su camino a Tenochtitlan, con todos los pueblos que rendían tributo a los aztecas, y que los odiaban.
Cuando llegaron a Tenochtitlan, los españoles, menos de mil, traían más de cincuenta mil aliados indígenas, principalmente tlaxcaltecas. Los aztecas eran mucho más, pero poco pudieron hacer ante las estrategias guerreras de Cortés, que contaba con un moderno armamento. Para acabarla de amolar, una epidemia de viruela atacó a los aztecas, sitiados en Tenochtitlan. El último jefe o Tlatoani azteca fue Cuauhtémoc, estuvo a punto de vencer a los españoles, pero terminó por rendirse.

Después viene otra época importante en nuestra historia: la Colonia. Los españoles tenían como objetivo principal, destruir la cultura indígena, e imponer sus creencias. La religión fue el instrumento ideal para justificar la invasión a los infieles o paganos. Curiosamente, el mismo pretexto que utilizaron los moros para conquistar España y dominarla durante siete siglos; el mismo que hoy tiene al mundo en guerra en Afganistán y en Irak. La hoguera del pensamiento guerrero, ha estado siempre atizada por el fundamentalismo religioso.
Los españoles acabaron con la cultura indígena. Los liberaron, según ellos, de la ignorancia y del pecado. La civilización contemporánea y la cultura actual en Hispanoamérica, es herencia total de la conquista. Del llamado choque de dos mundos, desciende el mestizaje del que provenimos todos. A partir de ese momento, se desarrolló una cultura, diferente a la española y a la indígena. Una nueva civilización que hoy no se identifica con los españoles, y menos con los indígenas.
Trescientos años vivimos la Colonia. Mesoamérica tomó el nombre de Nueva España. Las tierras pasaron a ser propiedad del rey de España, los habitantes se convirtieron en súbditos. El principal objetivo del rey, era evangelizar a todos los infieles y de paso —nada más por no dejar— llevarse las riquezas ilimitadas de la tierra invadida. Los gobernantes eran: el virrey, que gobernaba en nombre del rey de España; la Real Audiencia, que representaba el tribunal de máxima jerarquía, y los oidores, miembros de la Real Audiencia.

La Real Audiencia servía de contrapeso al poder del virrey; una de sus funciones era, defender a los indios del abuso de las autoridades y de los propios españoles que llegaban a vivir a la nueva tierra. También existían los visitadores, una especie de inspectores que enviaba el rey para conocer la situación de la Colonia. Las instituciones religiosas fueron factor muy importante en nuestra formación. Con los políticos, llegaron los evangelizadores: franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas. Se constituyó el Real Patronato Indiano, que intervenía en todos los asuntos religiosos, y el célebre Santo Oficio, tribunal de la Inquisición que castigaba a los herejes y censuraba los libros prohibidos a través del Index Librorun Prohibitorum.
De gran relevancia fueron también las instituciones económicas. En primer lugar, estaban las Encomiendas. Los españoles recibían una extensión de tierra y una cantidad de indios para trabajarla, tenían obligación de evangelizarlos. La Casa de Contratación de Sevilla, controlaba el comercio exterior y aseguraba el cobro de impuestos. Todas las exportaciones o importaciones entre América y España salían y entraban por Sevilla o Cádiz. Esto provocó la creación de monopolios y la inflación.
En los primeros años existió la esclavitud, pero al poco tiempo fue prohibida. Incluso trajeron a algunos negros de África para las labores más duras. Los religiosos consideraban inhumano, que los indios trabajaran como mulas en las minas. Sugirieron a la autoridad en España, importar algunos negros de las colonias africanas, porque ellos no tenían alma.
Empezó la mezcla racial. Se desarrollaron varios grupos étnicos, definidos claramente por clases sociales. Por una parte estaban los españoles, los emigrantes. Por la otra, los criollos, hijos de españoles, pero nacidos en la nueva tierra; los mestizos, mezcla de español e indígena; los indígenas; los negros; y finalmente, las castas, mezclas de todos los grupos.

Después de tres siglos, se inició la Independencia. Por una parte, España estaba debilitada por la invasión del ejército francés, y la imposición de José Bonaparte, hermano de Napoleón, como rey de España.
Por otra, Estados Unidos se había independizado de Inglaterra, y los habitantes de la Nueva España estaban molestos por los altos impuestos y los monopolios de importación y exportación. Los curas estaban enojados por el control del Real Patronato Indiano, y los criollos, porque no podían ocupar puestos importantes. Las ideas de Rousseau y de Voltaire circulaban por toda América, y en 1810, Miguel Hidalgo inició la lucha que duró once años. Hasta que el virrey O’Donojú, firmó el Tratado de Córdoba, en el que se reconoce la Independencia de México. Vale la pena recordar que España aceptó a México como país independiente hasta quince años después.

Una vez que empezamos a existir como el país que somos hoy, empezaron los problemas. En los primeros veintinueve años, hubo en México cincuenta gobiernos. En esa época, se empezaron a meter en nuestros asuntos los norteamericanos, que querían anexarse los estados del norte.
El gobierno empezó a tener déficit y a pedir préstamos al gobierno de Inglaterra. Los ingresos servían en su mayoría para pagar los gastos del ejército. Había inseguridad, engordó la burocracia. Fueron años amargos y desordenados. México llegó a tener una extensión enorme. Incluía casi todo Centroamérica, y los actuales estados de Arizona, California, Nevada, Nuevo México, Utah, Texas, parte de Colorado y Wyoming. Años después, la política expansionista de Estados Unidos se amplió hasta el sur. Después de ganarnos la guerra de 1847, nos quitaron más de la mitad del territorio. México estaba dividido en una lucha interna entre liberales y conservadores, por lo que fuimos fácilmente derrotados.

Después de perder la mitad del territorio en la guerra con Estados Unidos, que terminó con el tratado de Guadalupe Hidalgo, México quedó atrapado en grandes turbulencias. Santa Anna renunció a la presidencia y se refugió en Colombia; dos años después regresó sintiéndose emperador. Se otorgó a sí mismo el título de Alteza Serenísima y de Dictador Perpetuo y Vitalicio, pero poco le duró el gusto. Fue derrocado por un grupo de militares que redactaron una nueva constitución de corte liberal, que terminó con los fueros religiosos, estableció un régimen republicano, representativo y federal. Consignó las garantías individuales y el juicio de amparo. Se hicieron elecciones. Resultó electo como presidente Ignacio Comonfort, y como presidente de la Suprema Corte, Benito Juárez.
Las diferencias entre liberales y conservadores provocaron la llamada Guerra de los Tres Años, en la que resultó vencedor Juárez, que de inmediato expidió las Leyes de Reforma.
Las leyes de Reforma incluían: la Ley de Nacionalización de Bienes Religiosos, que estatizó los bienes de la iglesia; la Ley del Matrimonio Civil, que prohibía la intervención de los sacerdotes; la Ley del Registro Civil; la de Secularización de los Cementerios, que prohibía los entierros dentro de las iglesias, y la Ley de Libertad de Cultos.
El problema de Juárez fue que se quedó sin un quinto. Después de la Guerra de Tres Años, tuvo que declararse en suspensión de pagos. Entonces Francia, Inglaterra y España decidieron intervenir el país
Juárez logró negociar con Inglaterra y España, pero no pudo evitar la invasión francesa, que más que buscar el pago de la deuda, pretendía instaurar una monarquía.

Derrotamos a los franceses en la batalla de Puebla, lo que causó sensación en Europa y en el mundo entero. Entre los militares triunfadores al mando de Ignacio Zaragoza, estaba Porfirio Díaz, que hizo su aparición en la historia. La bronca fue que Napoleón III mandó un gran ejército, y finalmente nos derrotaron.
Se adueñaron del país y trajeron a Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria, a gobernar México con la investidura de emperador. Cuatro años duró el Imperio. Maximiliano gobernó con el lujo de las cortes de Europa y llevó a la quiebra al país. Benito Juárez, apoyado por Estados Unidos, hizo huir al ejército francés y mandó fusilar a Maximiliano.
Juárez murió de un infarto y Porfirio Díaz se declaró presidente de México. Aunque incluyó en la constitución el principio de no-reelección, gobernó durante veintisiete años. Don Porfirio recibió un país en quiebra, inició una etapa de progreso: construyó vías férreas, fomentó la creación de los bancos, inició la explotación petrolera, construyó puertos. Fue el primer presidente en lograr un superávit en las finanzas públicas, y renegociar la deuda externa. La situación del campo fue la mejor de la historia.
Después de este tiempo de paz, empezaron otra vez los problemas. La devaluación de la plata, la recesión internacional, y la cultura abusiva de los hacendados, provocaron la revolución.
Porfirio Díaz cuadruplicó la asistencia a las escuelas, creó la Normal de Profesores, construyó Bellas Artes y mantuvo un periodo de estabilidad. Aunque también tenemos mucho que reprocharle: fomentó la creación de latifundios y las diferencias sociales. Cerró los espacios políticos a un pequeño círculo. La marcada diferencia de clases sociales, provocó huelgas de obreros, mineros y rebeliones de grupos indígenas. Desde el principio del siglo XX, surgieron los clubes liberales, los periódicos que criticaban al régimen. Nacieron también los partidos políticos, y con ellos, la corrupción electoral. Madero derrotó a Díaz en 1910, pero éste lo mandó encarcelar. Se escapó de la prisión, y desde Estados Unidos declaró ilegales las elecciones, se proclamó presidente y anunció el inicio de la revolución el veinte de noviembre. En menos de un año, hizo renunciar a Díaz.
Madero era millonario, propietario de ranchos y fábricas. Un importante empresario que siempre se preocupó por el bienestar de sus trabajadores. Luchó por la democracia, por la paz. Los quince meses que gobernó al país, tuvimos un gobierno democrático y absolutamente respetuoso. Tuvo una visión mucho más amplia que los célebres, Emiliano Zapata y Pancho Villa.

Zapata luchó para que los hacendados regresaran la tierra a su pueblo natal, esa fue su visión revolucionaria. Apoyó a Madero, pero cuando éste llegó al poder, lo desconoció. También se rebeló a Huerta y Carranza. Después de muchas turbulencias, los ejércitos de Villa y de Zapata fueron destruidos por Álvaro Obregón y Pablo González. Estados Unidos reconoció al gobierno de Carranza y ahí terminó el movimiento armado.
Carranza promulgó una nueva constitución y pasó a ser presidente constitucional de la República, mediante elecciones. Para variar, se enfrentó a una terrible crisis económica y se generalizó la corrupción entre los funcionarios del gobierno.
Carranza fue asesinado, y Obregón tomó el poder después de un periodo provisional. Creó la Secretaría de Educación Pública, fundó escuelas y bibliotecas, subsidió la edición de libros baratos, promovió las artes. En esta época, destacó el muralismo mexicano. Manejó al país con mano dura. Mandó a asesinar a Francisco Villa, a Lucio Blanco y a muchos más. Vivimos otro movimiento armado, encabezado por Adolfo de la Huerta, pero fue aplastado por Obregón.

Aquí entramos al gobierno de nuestro tiempo, al que todos conocemos. En 1924, ganó las elecciones Plutarco Elías Calles. Obregón regresó en el veintiocho y obtuvo el triunfo electoral, pero antes de tomar posesión, fue asesinado en San Ángel por José de León Toral. Con la muerte de Obregón, se terminó el reeleccionismo. Calles fungió como jefe máximo de la Revolución y fundó el Partido Nacional Revolucionario, que unos años después cambiaría su nombre a Partido Revolucionario Institucional. Nombró a Emilio Portes Gil como presidente interino. En 1929, convocó a elecciones. Ganó Ortiz Rubio, pero renunció dos años después, no soportaba ser manipulado por Calles. El Congreso nombró a Abelardo Rodríguez para sustituirlo, y en 1934, Lázaro Cárdenas fue electo presidente de la República. Cárdenas consolidó la dictadura perfecta, como bautizó Mario Vargas Llosa al binomio México-PRI, e inició la estatización de la economía. Creó la Confederación de Trabajadores de México, con el objeto de ejercer un control absoluto sobre los trabajadores, y repartió la tierra y las haciendas entre los campesinos. A pesar de que esa medida, disminuyó de manera substancial la producción agrícola, dio al presidente una gran popularidad entre el pueblo. Estatizó los ferrocarriles, las compañías petroleras, y recibió un fuerte apoyo de Estados Unidos que atravesaba por una recesión. En ese sexenio, para contrapesar al gobierno de tendencias socialistas de Cárdenas, nacieron el Partido Acción Nacional y la Unión Nacional Sinarquista.

Tanto la repartición de las tierras a los campesinos, como la expropiación de las compañías petroleras, resultaron más perjudiciales que benéficas para el país. Las principales favorecidas con la expropiación fueron las compañías petroleras norteamericanas. Como punto de referencia, te diré que se les pagaron dos dólares de indemnización por uno de valor real. El gobierno de Roosevelt apoyó a Cárdenas en la expropiación. Ésta representó la salida de los técnicos extranjeros de México y la producción bajó de manera alarmante. Los expertos mexicanos lograron operar la industria petrolera, pero poco a poco se descapitalizó al ser operada como monopolio, fue inyectada de inmediato con el virus de la corrupción que prevalece hasta hoy.
Después de Cárdenas, llegó a la presidencia Manuel Ávila Camacho. Lo primero que hizo fue declararse ante el pueblo como católico, con el fin de cortar de tajo las diferencias entre el gobierno y la iglesia. A Ávila Camacho le tocó el tiempo de la Segunda Guerra Mundial, incluso le declaró la guerra a las potencias del eje: Alemania, Italia, y Japón. Nuestro país formó parte de los aliados y participó activamente en la guerra.
Buenos años para México. La conflagración mundial provocó escasez de productos de importación, la industria mexicana creció de manera significativa. Ávila Camacho fue el último presidente militar en la historia. En su último año, se cambió el nombre del partido oficial a Partido Revolucionario Institucional, nuestro dilecto PRI.
Fue relevado por Miguel Alemán Valdez, veracruzano, nacido en Sayula, que inició una importante etapa de crecimiento económico y desarrollo industrial. Alemán fue el primer presidente civil elegido democráticamente después de la Revolución. Trabajó fuerte para lograr la unidad política del país, y meter en cintura a los gobernadores que pretendían seguir venerando a los dinosaurios. Durante su sexenio se realizaron fuertes inversiones en la industria, y se consolidó el proteccionismo a los empresarios mexicanos. Alemán implantó aranceles muy altos a la importación, iniciando el paternalismo institucional. Otorgó seguridad constitucional a los pequeños propietarios, y logró un incremento notable en la producción agraria. El país registró importantes avances económicos, se construyó la Ciudad Universitaria, el más trascendente campus de estudios superiores en la América Latina. Alemán cambió la desgastada retórica socialista de Calles y Cárdenas. A pesar de la bonanza financiera, el peso se devaluó de cuatro ochenta y cinco, a ocho cincuenta. La corrupción tomó posesión de todos los niveles del gobierno.
En 1952 llegó a la presidencia el austero y moralizador Adolfo Ruiz Cortines. Intentó terminar con la corrupción, creando la Ley de Responsabilidades de Funcionarios Públicos. Esta ley obligaba a los políticos a hacer su declaración patrimonial por primera vez. Aunque después se olvidó, fue un buen principio. Ruiz Cortines tuvo que devaluar el peso, fijando la paridad en doce cincuenta, redujo el gasto público para detener la inflación. Atribuyó la devaluación a la política derrochadora de Miguel Alemán en el sexenio anterior. Ruiz Cortines otorgó el voto a la mujer, provocando el movimiento feminista.
Fue un buen administrador, puso orden en el país. Nombró a funcionarios competentes y honestos en su gabinete, fue un hombre sensato y atingente. Luchó por mejorar los salarios de los trabajadores y evitó a toda costa el endeudamiento externo. Cuando terminó su periodo, la deuda externa de México era de sólo sesenta y cuatro millones de dólares. Custodió el tesoro nacional con fiereza y entregó buenas cuentas. Garantizó la continuidad del PRI, controlando a los campesinos a través de la Confederación Nacional Campesina, y a los obreros con la Confederación de Trabajadores Mexicanos. Como dato anecdótico, el presidente era un apasionado jugador de dominó. Sus funcionarios temían ser convocados por él a una partida, pues conocían de sobra, su furia cuando alguno se equivocaba. Le gustaba filosofar sobre el parecido del dominó y la política: ambos, decía, son un juego de mudos, el que habla de más, pierde.

En 1958, cedió la batuta de la nación a Adolfo López Mateos.
López Mateos fue el más popular de los presidentes de la época. México vivía un momento excelente, era visto desde fuera como un milagro, por la estabilidad política, el progreso económico, cultural, y principalmente, por la paz interna que duraba ya veinte años, después de las turbulencias posrevolucionarias. López Mateos redujo la inflación, mejorando el poder adquisitivo de los trabajadores.
Estatizó la industria eléctrica, elaboró uno de los primeros planes de desarrollo, permitió el acceso a los partidos de oposición y promovió el nacimiento de los diputados de partido. También inició el libro de texto gratuito y logró la devolución del Chamizal, una franja de terreno que México había perdido por una desviación del río Bravo.
Le gustaba la gente, era bien correspondido. Solía asistir sin mayor investidura al futbol, a los toros, a las luchas y al box. La gente se fascinaba al ver a su líder como un espectador más. Lo adoraban.
Los estudiantes se empezaron a politizar, influidos por las revistas grillas. Fidel Castro acababa de triunfar en Cuba, y el estudiantado empezó a organizar manifestaciones. Universitarios y politécnicos dejaron de echar porras al gobierno, empezaron a cuestionarlo, a antagonizar a la policía. Cuba tomó el liderazgo histórico del continente, los intelectuales y periodistas de la época convirtieron a la isla en un paradigma. El gremio intelectual ejerció influencia colectiva en la población y sembró en las conciencias la ideología del futuro. Empujaron al sistema político mexicano hacia la izquierda. México se opuso a la Organización de Estados Americanos; se negó a romper relaciones con Cuba, a pesar de la presión de nuestro vecino del norte, arguyendo su principio fundamental de no-intervención.
López Mateos luchó a brazo partido para encontrar la armonía entre la iniciativa privada —preocupada por su tendencia socialista—, la iglesia que reaccionó con fuerza contra el discurso izquierdista del mandatario, y el camino propio que buscaba. Su enorme carisma le permitió conciliar y terminar su periodo con estabilidad y progreso. El presidente estaba en su mejor momento, seguía asistiendo a los espectáculos deportivos, manejando sin escolta su auto deportivo. Consiguió para México la sede de los Juegos Olímpicos de 1968, y terminó como un verdadero ídolo popular, cediendo la estafeta a Gustavo Díaz Ordaz.

El sexenio de Díaz Ordaz empezó con espléndidas perspectivas. Se pudo continuar con el control de la inflación y un alto crecimiento económico. El Estado se fortaleció, se crearon nuevas empresas estatales. Todo lucía muy bien, pero el germen de la inconformidad estudiantil atizada por los intelectuales de izquierda, tomaba grandes proporciones. Los campus de la Universidad y del Politécnico se convirtieron en ágora del escenario político; ahí se imprimía la propaganda antigobiernísta en mimeógrafo y los posters del Che Guevara incitando a la lucha. Se iniciaron las grandes manifestaciones: los estudiantes marchaban junto a maestros, padres de familia, rectores. Los oradores arengaban contra Díaz Ordaz en todas partes, despotricaban contra la tiranía, la dictadura disfrazada y la injusticia. Llegaron a izar una bandera de huelga en el zócalo capitalino. El movimiento incluía a todos los sectores de la población, exceptuando a los obreros y campesinos amordazados por los sindicatos. Díaz Ordaz tuvo que tomar medidas enérgicas. O cortaba de tajo el movimiento estudiantil, o se suspendían los Juegos Olímpicos. El presidente menospreciaba al estudiantado, estaba dolido por las obscenas consignas que le endilgaban en las manifestaciones, acusaba a los líderes de comunistas. El dos de octubre de 1968, una semana antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, los líderes del movimiento convocaron a un mitin en la Plaza de las tres Culturas en Tlatelolco. El ejército rodeó la Plaza, apostando tanques en los alrededores. Los estudiantes se habían acostumbrado a verlos, no sintieron temor. Dos luces de bengala, una verde y una roja, rompieron la oscuridad de la noche. El ejército avanzó en posición de combate y empezó la refriega. Los muchachos corrían aterrorizados, el juego de la huelga estudiantil se convirtió en una guerra de verdad. Una guerra entre padres e hijos, entre gobierno y pueblo, entre intolerancia y cansancio. El sol del tres de octubre iluminó una plaza roja, teñida con la sangre de ingenuos estudiantes que pretendieron cambiar al país. La Plaza de las Tres Culturas tenía un nuevo símbolo: la sangre derramada por los aztecas en la conquista, la derramada por el pueblo en la Revolución, la nueva, la sangre joven y fresca de los estudiantes, derramada por la intolerancia de un sistema arbitrario y bárbaro. Sobre esas tres capas de sangre se empezó a construir un México nuevo. En la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, Díaz Ordaz recibió la mayor muestra de repudio de los tiempos modernos, una serenata de chiflidos e insultos, que seguramente lo acompañaron hasta su muerte.

En 1970, tomó posesión de la presidencia, Luis Echeverría Álvarez.
Comenzó su mandato intentando acercarse a los cabecillas de izquierda; invitó a colaborar con el gobierno a los dirigentes socialistas y a los intelectuales involucrados en el movimiento estudiantil. La estrategia económica adecuada era gastar mucho dinero, única manera de crecer. Engordó la burocracia y los organismos del Estado. Logró un crecimiento importante, a cambio de multiplicar la deuda externa y la emisión de dinero. Caminó de derecha a izquierda. Su paradigma: los gobiernos socialistas de Castro y Allende. Abrió las puertas del país a chilenos refugiados tras el golpe militar en ese país. Multiplicó la corrupción, principalmente en el campo; la inflación llegó a tales niveles, comparada con la de Estados Unidos, que tuvo que devaluar después de veintidós años de paridad fija, terminando con el desarrollo estabilizador.
Su intención fundamental: defender al sistema político del que formaba parte, y reivindicar a todos los sectores del gobierno desacreditados por el movimiento estudiantil. Tuvo su propia versión del dos de octubre, el famoso jueves de Corpus de 1971. Los líderes del sesenta y ocho recién liberados, intentaron organizar una marcha; fue bestialmente desmantelada por un grupo paramilitar: Los Halcones. Nadie supo cuántos estudiantes murieron aquel jueves. Echeverría se fingió indignado, obligó a renunciar al regente del Distrito Federal y al jefe de la Policía.
Sufría de megalomanía, al final de su sexenio buscó desesperado el Premio Nóbel de la Paz, por su labor incansable a favor del tercer mundo, su bandera favorita.

En 1976, tomó el poder López Portillo. Recibió la carga de la devaluación y la herencia de la deuda externa, producto del gobierno popular de su antecesor.
Jolopo pidió en su discurso de toma de posesión, tiempo para ordenar al país, también pidió perdón a los pobres, en una de las peroratas épicas del siglo. Mandó a la cárcel a algunos colaboradores del sexenio anterior, logró disminuir la inflación, con lo que empezó a ganarse la confianza del pueblo. Aceleró la producción de petróleo. Confiado en la súbita riqueza, multiplicó la burocracia, las empresas de Estado, con ello acrecentó también la corrupción. Recibió divisas suficientes para liquidar la deuda externa que le heredó Echeverría, pero en lugar de reducirla, la triplicó. Al final de su periodo, pretendió culpar a los banqueros de la devaluación. En su último informe, estatizó la banca.

Siguió Miguel de la Madrid, un abogado nacido en Colima. Inició su sexenio intentando cosechar lo sembrado por sus antecesores inmediatos. Consolidó legalmente el estatismo, promoviendo cambios constitucionales que le dieron mayor poder al gobierno. Tenía dos grandes retos: las heridas que el sesenta y ocho había dejado en el pueblo, y el fantasma de la inflación. La gente se sentía defraudada e incrédula. La administración de la riqueza del oro negro, cacareada por López Portillo, resultó un fracaso. Dejó al país en condiciones lamentables. De la Madrid gobernó callado y discreto, sin hacer grandes promesas, conciente del polvorín que tenía en las manos. El PRI perdía fuerza en el norte del país; ganar las elecciones, le costaba cada vez más trabajo, a pesar de la nigromancia electoral. Los diarios estatales tomaban fuerza y vida propias, los estados pobres del sur de México, despertaban de su letargo azuzados por los teólogos de la liberación, obispos radicales que sembraban la inquietud entre los más necesitados.
De la Madrid fue el primero de los tecnócratas, empeñado en instaurar la democracia como punto de partida, y como estrategia política. Desde un principio, proclamó su intención de convertir a México en una verdadera república, luchar contra la corrupción. Si idea: descentralizar la vida nacional y la educación, dando mayor autonomía y poder a los municipios.
Su gestión se vio afectada de manera importante por un fenómeno natural de grandes proporciones. El mayor terremoto de nuestra historia, que demolió de manera inmisericorde a la capital del país. Nadie estaba preparado para afrontar tal evento, la gente tuvo que salir a las calles en improvisadas y espontáneas brigadas, para ayudar a los damnificados. Los estudiantes se organizaron de manera ejemplar, implementaron una inolvidable campaña acopiando bienes en las universidades, y apoyaron a los damnificados en los albergues.
Fue un sexenio interesante, se gestó el cambio democrático que estamos empezando a vivir. El PAN cosechaba los frutos de una larga trayectoria de oposición, lucía como relevo natural al desgastarse los engranajes del partido en el poder. La izquierda mostraba síntomas de agotamiento. La utopía comunista empezaba a desmoronarse. Aún los más acendrados intelectuales de izquierda, aprobaban las reformas de Gorbachev en la Unión Soviética, y empezaban a criticar veladamente la terquedad de Fidel Castro, aferrado a un sistema obsoleto.
El gobierno cometió un grave error político: instrumentó un visible fraude electoral en Chihuahua, provocando los primeros movimientos de resistencia civil del PAN, y el nacimiento de la corriente crítica en el PRI, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas. El hijo del tata Lázaro, junto con Porfirio Muñoz Ledo, tomó la bandera de la democracia y la llevaron fuera del PRI.
De la Madrid implantó mecanismos económicos eficientes, inició una reforma económica que a través del llamado Pacto, entre el gobierno, los sindicatos y los empresarios, logró controlar la inflación que había rebasado el ciento cincuenta por ciento. Vendió las empresas estatales adquiridas por el gobierno de Luis Echeverría e inició los trámites para la entrada de México al GATT.
Enderezó el rumbo económico, aunque heredó a su sucesor una deuda superior a los cien mil millones de dólares, y una devaluación que llegó a novecientos veinticinco pesos por dólar.

El tiempo de elecciones llegó con oscuros augurios para el PRI. Cuauhtémoc Cárdenas fue candidato de una coalición de pequeños partidos; el PAN nombró candidato al bravo luchador de Sinaloa, Manuel Clouthier; el Partido oficial se decidió por el más joven, un economista de gran inteligencia: Carlos Salinas de Gortari.
Los datos empezaron a fluir el día de la elección, los priistas supieron sin lugar a dudas, que iban a perder. Los comicios se inclinaban peligrosamente a favor de Cárdenas. Entonces ocurrió un milagro; el sistema se cayó, sufrió un síncope. Cuando se recuperó, el PRI tenía una gran ventaja sobre el PRD. Cosas de la virgen de Guadalupe.
A pesar de los avatares políticos, De la Madrid terminó su periodo sin odio del pueblo. Después del chango, el demagogo, y el perro, un presidente terminaba su sexenio sin tener que esconderse del pueblo. No era repudiado, al pueblo le era indiferente.

Salinas inició su sexenio, en este clima de ilegitimidad e incredulidad. Tuvo que actuar rápido, echar tierra encima del escandaloso fraude electoral que lo ubicó en el trono. Para empezar encarceló al otrora omnipotente líder petrolero, Joaquín Hernández Galicia, La Quina, lo que lo congració de inmediato con la opinión pública. En los corrillos de empresas y oficinas públicas, en los cafés de toda la República empezó a circular un comentario: el pequeño nuevo presidente tenía los huevos tan grandes como las orejas.
Se rodeó de un gabinete diferente, políticos jóvenes y talentosos, preparados en universidades extranjeras, como: Pedro Aspe, Manuel Camacho Solís, Luis Donaldo Colosio, Ernesto Zedillo y Jaime Serra. El propio Salinas había estudiado en Harvard y era un destacado deportista, ganó una medalla en los Juegos Panamericanos de Cali, Colombia en 1971. Junto a su espectacular equipo de tecnócratas, aparecía siempre un misterioso asesor, José María Córdoba Montoya, veterano del sesenta y ocho en París, asesor de Mitterrand, filósofo y humanista de gran influencia en el presidente.
A pesar de la encarcelación de La Quina, Salinas tuvo la capacidad de mantener muy buenas relaciones con líder vitalicio del movimiento obrero —de casi noventa años—, Fidel Velásquez. Logró continuar con el pacto y bajar la inflación a niveles históricos. Controló a los campesinos, ofreciéndoles la propiedad de la tierra. Su programa favorito, Solidaridad, apoyó al campesino con dinero en efectivo en lugar de discursos. El equipo salinista se mantuvo de luna de miel con el ejército, la iglesia y el sector empresarial. Salinas obtuvo grandes logros económicos. Revirtió el esquema estatista de sus antecesores, privatizando la mayoría de las empresas del gobierno: los bancos, la compañía de teléfonos, los ingenios azucareros y las siderúrgicas. Instrumentó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Convenció a todos los mexicanos de que estábamos abandonando el subdesarrollo. El primer mundo nos daba la bienvenida. Es justo reconocer que, el manejo de las finanzas públicas, la política monetaria y financiera, y la apertura del comercio exterior, ubicaron a México como el modelo a seguir en Latinoamérica. Unos días después de que el Congreso Norteamericano aprobara el Tratado de Libre Comercio, Salinas destapó a su sucesor: Luis Donaldo Colosio. Esperó el final de su sexenio, sintiéndose el liberador.

El sueño, el primer mundo prometido, se derrumbó.
Luis Donaldo Colosio, conciliador, orador impecable, carismático, era un buen gallo para continuar con la política liberal. Todo parecía andar sobre ruedas, hasta que el primero de enero, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional declaró la guerra desde el Estado de Chiapas al gobierno de México. Enero de 1994 marcaba el inicio de una nueva época para el país. El EZLN, organización guerrillera clandestina, formada por más de nueve mil hombres y mujeres, en su mayoría indígenas, conmovió a la opinión pública en México y al mundo entero. La rebelión indígena sacó a la luz una realidad que el gobierno había tratado de sepultar bajo el sueño primermundista, y puso en jaque el proyecto de Salinas.
Igual que en la Independencia, la rebelión era dirigida emocionalmente por un sacerdote católico, el obispo Samuel Ruiz. Llegó a Chiapas a principios de los años sesenta, se dedicó a predicar una nueva conciencia a los indios, resaltando la situación de injusticia en la que vivían, a pesar de los discursos del PRI, que hablaban de igualdad y justicia social.
Los fines mencionados en la declaración original de guerra, eran: la destitución de Salinas, a quien los rebeldes llamaban dictador; la justicia social y la formación de un nuevo gobierno, libre y democrático. El movimiento tuvo a dos protagonistas con diferente ideología: Samuel Ruiz, el obispo, pretendía despertar a la sociedad civil para buscar un cambio y lograr un país más justo, sin usar las armas. En cambio Marcos, el subcomandante, convenció a sus compañeros que el único camino viable era el de la guerra.
El pueblo se olvidó de la campaña de Colosio, le dejó de interesar. Era mucho más divertido el movimiento zapatista que los discursos políticos. El candidato, se atrevió a pronunciar una audaz arenga: reconoció que México seguía siendo un país con enormes carencias, y prometió una verdadera reforma política: separaría al PRI del gobierno.
A los pocos días, Colosio fue asesinado arteramente de dos balazos. Hasta hoy nadie sabe quién lo mató, o por qué.
El veredicto popular acusó a Salinas, pero ¿cómo probarlo? Al gobierno no le convenía poner el nombre de México en las páginas rojas de los periódicos de todo el mundo. El hecho incidió en la nueva historia del país. Salinas nombró a Ernesto Zedillo Ponce de León como candidato suplente. Por razones inexplicables, el pueblo votó por él. El PRI prolongó su agonía por seis años más. Después de la muerte de Colosio, el presidente Salinas tuvo que elegir a otro candidato. Camacho Solís, quien hubiera sido el natural, estaba descartado. El pueblo y los priistas le adjudicaban la muerte de Colosio; durante su velorio recibió un manifiesto repudio. Sonaron los nombres del Secretario de Hacienda, Pedro Aspe Armella, del presidente del PRI, Fernando Ortiz Arana, pero Salinas señaló con su enorme dedo índice al coordinador de la campaña de Colosio: Ernesto Zedillo Ponce de León.
Se llenó el país de rumores; se decía que la decisión fue tomada por el poderoso asesor de Salinas, el hispano–francés José Córdoba Montoya. Se especuló sobre la disminución notoria de la campaña del PAN. Zedillo rindió protesta como candidato del PRI, recibió un inédito apoyo de las principales cadenas de televisión. Se mostraron notoriamente parciales hacia él. El equipo de relaciones públicas del candidato, lo presentó como abanderado de la paz. Las campañas fueron intensas, el recuerdo del mártir Colosio, flotaba en el ambiente electoral. Diego Fernández de Cevallos, era un duro contrincante con la bandera del PAN, y el PRD repetía al ganador de las pasadas elecciones: Cuauhtémoc Cárdenas. Se dio el primer debate entre candidatos en televisión. El jefe Diego, con su retórica de alta escuela, borró del mapa al tibio orador Cárdenas, y al asustado Zedillo. Nadie sabe la razón, pero, ante la inestabilidad social que provocaba el movimiento armado de Chiapas, ante el miedo latente en la población por los asesinatos políticos, el pueblo optó por lo conocido, no tomó el riesgo de un cambio.

Zedillo ganó las elecciones por un amplio margen, los mexicanos nos tuvimos que fletar otros seis años de PRI.
Unos días después de la toma de posesión de Zedillo, el nuevo Secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, anunció la ampliación del límite de la banda de flotación del peso frente al dólar, iniciando una debacle financiera que aún estamos padeciendo, pasó a la leyenda popular como el error de diciembre.
Sería muy injusto atribuir la culpa a Zedillo. Jaime Serra fue un chivo expiatorio. La semilla de la crisis fue sembrada durante el sexenio anterior. Durante los primeros cinco años del gobierno de Salinas, el país tuvo un déficit comercial de cuarenta y cinco mil millones de dólares, es decir, fueron mucho mayores las importaciones que las exportaciones. Para compensar ese gran déficit, el gobierno permitió, y alentó la entrada de capitales especulativos a través del mercado de valores. Salinas rompió una de las principales reglas de la economía, cuando gastas más de lo que ganas, debes devaluar., en esos días —embriagado con su propia imagen— aspiraba a importantes puestos internacionales al terminar su periodo, por lo que se negó consistentemente a devaluar el peso para no afectar su prestigio mundial. El error de diciembre, detonó una situación económica insostenible, agravada por los asesinatos de Ruiz Massieu, de Colosio, y el alzamiento zapatista. Los inversionistas extranjeros se asustaron, se llevaron su lana. Las exiguas reservas del Banco de México se agotaron, estuvimos a punto de declarar la moratoria de pagos de la deuda externa. Los políticos y empresarios, vendieron sus acciones en pesos, alertados por información confidencial y protegieron sus inversiones comprando dólares. Vivimos un desquiciamiento general de los mercados financieros, una crisis de credibilidad, un ataque frontal contra el peso. El gobierno anunció, que el tipo de cambio sería determinado por la ley de la oferta y la demanda, esa fuerza incontrolable que determinó que, en un solo día, el peso saltara de tres cuarenta a más de seis por dólar, provocando la peor devaluación desde 1987. Miles de americanos, que habían participado en los fondos de inversión mexicanos, perdieron su dinero. Los valores bursátiles de las compañías mexicanas perdieron también setenta mil millones, provocando la quiebra de miles de empresas. Cientos de miles de mexicanos, no pudieron pagar sus créditos bancarios. Millones de mexicanos se quedaron sin empleo.

Tuvieron que venir a salvarnos los gringos. No les convenía tener un socio vecino en quiebra. Billy the Kid Clinton, armó un paquete de rescate financiero. Consiguió veinte mil millones de dólares de los fondos gubernamentales estadounidenses, y treinta mil de organismos financieros internacionales y de otros gobiernos.
A cambio del apoyo otorgado, Estados Unidos obligó a Zedillo a recortar el gasto público, a congelar los salarios y a realizar más privatizaciones de empresas del gobierno. México garantizó los préstamos con las ventas de petróleo de Pemex.
Salinas de Gortari había iniciado una gira mundial, promoviendo su candidatura a la presidencia de la Organización Mundial de Comercio, pero el gran fracaso económico acabó con su prestigio de un plumazo. El pueblo, atizado por los medios de comunicación, lo convirtió en el gran villano del siglo. Para rematar, el gobierno de Zedillo detuvo a su hermano Raúl, acusado de ser autor intelectual del asesinato de su cuñado Ruiz Massieu. Salinas inició una ridícula huelga de hambre, para defender su honor y el de su familia, pero después de negociar con el presidente Zedillo, llegó a un acuerdo, hasta hoy desconocido por la prensa, y se marchó del país. En muy pocas ocasiones ha regresado. Sus visitas han coincidido con terremotos importantes.
En 1995, vivimos la masacre de Aguas Blancas, en Guerrero. Elementos de la policía del Estado, asesinaron a diecisiete campesinos, lo que provocó la renuncia del gobernador Figueroa. En esos días, el ejército emprendió una feroz acción contra Marcos, la televisión desenmascaró la identidad del sub: Rafael Sebastián Guillén Vicente, y ordenó su captura. Los siguientes años resultaron más o menos tranquilos. Surgió el movimiento feminista con gran fuerza, se reformó el artículo cuatro, que estableció por primera vez la igualdad para hombres y mujeres. Hicieron su debut enfermedades globales como el SIDA.

Los noventa fueron años rudos, una década en la que se evidenció el desgaste del sistema político que nos había gobernado tantos años. Una década en la que salió a la luz, la terrible fuerza del narcotráfico. Se hicieron célebres, Amado Carrillo —El Señor de los Cielos—, los hermanos Arellano Félix y toda la red de narcos que opera en el país, gozando de inmunidad y protección de las autoridades.
En los noventa se democratizó la elección del Distrito Federal. Por primera vez los capitalinos acudieron a votar para elegir a sus gobernantes. Ganó por amplio margen Cuahtémoc Cárdenas. Atestiguamos el fin de la hegemonía del PRI en la Cámara de Diputados. Los últimos años de Zedillo estuvieron llenos de problemas y de violencia urbana, que nos dio el discutible honor de ser el segundo país en incidencia de secuestros, después de Colombia. Nadie estaba a salvo del hampa organizada. La industria del secuestro se democratizó. Se popularizó el secuestro exprés: ciudadanos de clase media, eran plagiados por unas horas y liberados a cambio de una pequeña cantidad de dinero. Nuestro otrora tranquilo y pacífico país, se convirtió en un polvorín. Quedó atrapado, entre la corrupción, la ineficiencia del gobierno, la mano poderosa del narcotráfico, y la guerra de los partidos políticos. Algunos funcionarios públicos terminaron en la cárcel.

Llegó un nuevo año, un nuevo siglo, un nuevo milenio. La locomotora del PRI estaba desgastada, se percibía la posibilidad de la alternancia. El PRI intentó un cambio: cancelar el viejo sistema del dedazo y elegir a su candidato a través de una elección interna. Eligieron a cuatro candidatos: Manuel Bartlett Díaz, ex gobernador de Puebla, Francisco Labastida Ochoa, Secretario de Gobernación, Humberto Roque Villanueva, ex presidente del PRI, y Roberto Madrazo Pintado, gobernador de Tabasco. La conseja popular los bautizó como Los cuatro fantásticos. Ganó Labastida, por amplio margen. El PRD volvió a postular a Cuauhtémoc Cárdenas, y el PAN dio la bendición al Gobernador de Guanajuato, Vicente Fox, que inició su campaña enarbolando una bandera con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Finalmente, el dos de julio de 2000, los ciudadanos acudieron a votar por Fox, contra el PRI, contra el sistema que nos tenía en la miseria, contra setenta años de malestar. Por primera vez en la historia moderna, vivimos la asunción al poder de un candidato de oposición. Fox inició su mandato haciendo un llamado a la unidad nacional y a la reconciliación, realizando intensas giras de trabajo por todo el mundo, haciendo una política abierta y sincera, aunque cometiendo errores infantiles, por su falta de experiencia. Contrajo matrimonio, siendo presidente, hecho inédito en la historia contemporánea; formó un gabinete de manera inusual, utilizando a profesionales del reclutamiento; un gabinete plural, que incluye a hombres y mujeres, políticos y empresarios, intelectuales y luchadores políticos.