domingo, 31 de agosto de 2008

El héroe de todos los tiempos (Ensayo crítico)




En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…

La más famosa de las novelas de la historia de la literatura empieza así. Habla al lector un narrador omnisciente de manera familiar, como si lo conociera. Lo involucra, lo hace cómplice de la narración:

“Ho, cómo se holgó nuestro caballero cuando hubo hecho ese discurso”

Nos cuenta la historia como si fuera algo conocido por todos, citando a otros autores que antes han hablado de ella.

Intencionalmente, quizá más que cualquier otro libro, oculta los indicadores deícticos. El narrador no quiere recordar en dónde nació:

“de cuyo nombre no quiero acordarme”

Ni cuándo

“No ha mucho tiempo”

Tampoco nos relata su estado civil, ni su genealogía. Mucha tinta se ha gastado pretendiendo ubicar el nombre del “lugar de la Mancha” a que se refiere el narrador en la primera frase. En España actualmente ubican a Argamasilla de Alba como el lugar citado.

Por algunas referencias podemos ubicar el tiempo de la narración en los años postreros del siglo XV, es decir, don Quijote es contemporáneo a su autor. Su estado civil: incierto. Alude a la armadura mohosa de sus antepasados, referencia que lo ubica como noble, y aunque pretende despojar al héroe de su historia pasada, no puede desprenderlo de la vida cotidiana que nos da algunas señales.

La narración maneja los tiempos condicionales, un pasado muy cercano. El proceso del enunciado es anterior al de la enunciación, y “el”, don Quijote, señala la identidad del protagonista del enunciado.

En la descripción detallada de la vida de don Quijote, el narrador utiliza palabras símbolo, como “Don” que ubica al sujeto como un hidalgo de aldea.

Los indicadores que utiliza el narrador son anafóricos, porque remiten a una situación de enunciación textual: Él, (un hidalgo); poco antes, (no ha mucho tiempo; allí (en un lugar de la Mancha)

Los deíticos nos remiten al observador (narrador) ubicándolo como punto de origen.

La enunciación es histórica: acontecimientos narrados como se van produciendo en su aparecer de la historia.

El entramado del discurso se personaliza cuando don Quijote toma la palabra para dirigirse a las dos destraídas mozas, y se da la representación del texto de “usted”. Las personas, (el héroe y las mozas), son personajes del enunciado, no del enunciador.

Durante esta conversación, que se desarrolla en el modo “personalizado”, don Quijote cita un romance conocido, realizando una operación de conmutación. Hace hablar al “saber popular”, elemento prefabricado que se introduce en el discurso del hablante. Don Quijote es el locutor, y las mozas el destinatario directo a quién se dirige la comunicación.

El sujeto de la enunciación no aparece en la escena discursiva, aunque el yo/narrador, y el yo/personaje, se mezclan en las afirmaciones de don Quijote.

El narrador nos da en el texto indicaciones de tiempo: “acertó a ser viernes ese día del mes de julio”; de espacio: “pusiéronle la mesa a la puerta de la venta”, relaciones espaciales no deìticas: “que a un lado de la ventana estaba”.

Los acontecimientos de la historia son narrados desde el punto de vista de don Quijote, “le pareció que ni el bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban”, aunque no deja de aparecer la voz exterior del narrador, no personaje de la acción.

Jorge Lozano, Cristina Peña-Marín, y Gonzalo Abril, en el Análisis del discurso, ubican a don Quijote entre la focalización interior y la exterior, porque su posición es en realidad fluctuante: interior, cuando se cuentan los procesos mentales “interiores”; exterior, cuando el narrador manifiesta no poder continuar la historia, porque los textos que ha recogido, donde se contaba, se interrumpen en un cierto punto.

A pesar del narrador omnisciente podemos encontrar en los primeros capítulos de don Quijote, varias focalizaciones alternas: el de las mozas, que no entienden su lenguaje y se burlan de su aspecto; el del ventero, al que no le pareció tan bueno Rocinante; el de los huéspedes, que lo observaban mientras velaba sus armas.

La evaluación de la apariencia del Quijote, nos revela una subjetividad del enunciador omnisciente, puesta en voz de los personajes que se burlan de él.

Los tres primeros capítulos se desarrollan en un día: viernes del mes de julio, desde: “una mañana antes del día”, hasta: “la del alba sería cuando don Quijote salió de la Venta"

El nivel del discurso del narrador cambia y se fragmenta constantemente, en niveles textuales diversos, fragmentos de metadiscurso en los que el narrador comenta aspectos de la narración, a través de la conmutación. Por medio del paso de tiempo narrativo a discursivo, nos ubica por momentos en la historia narrada y en otros en el narrador de la historia.

Los primeros capítulos de don Quijote están plagados de palabras y expresiones llenas de significado: “Hidalgo” es una palabra calificativa, que incluye en sí misma un status; “pobre caballero”, aduciendo a la perdida de juicio; “graduado en Sigüenza”: descripción irónica sobre el cura con el que discutía don Quijote. Según la acotación, Sigüenza era una universidad menor, y sus graduados eran blanco constante de alusiones burlescas.

El narrador introduce citas expresas dentro de la narración de manera objetiva: “mis arreos son las armas, mi descanso el pelear, etc”. Un romance muy conocido en su tiempo; “Nunca fue caballero de damas mejor servido”, una adaptación a la historia de algunos versos del Romance de Lanzarote. Don Quijote utiliza palabras ajenas, (muy conocidas), para expresarse a sí mismo, aunque marca la distancia ubicando las citas aparte de la narración.

Don Quijote confundía su propio pensamiento con los discursos de otros, dado que dedicaba la mayoría del tiempo a leer y releer discos de caballería. Imposible deducir si los discursos citados o pensados por el personaje son reproducidos en los términos originales de su producción. No podemos saber si son parte de un discurso directo, o si pertenecen a un discurso indirecto con palabras propias de don Quijote. Los textos originales de los libros de caballerías, son narrativizados en la acción de la trama.

El narrador marca constantemente la distancia con el personaje narrado, utilizando la ironía y la parodia: “fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con el se igualaban”

El enunciador descalifica al personaje, ironizando su locura manifestada en múltiples ocasiones. Para el narrador, el caballo es patético; para don Quijote, es excelso. Esta distancia es marcada durante todo el libro, constituye la parte toral de la narración. Alonso Quijano, un personaje ridículo, ocioso, totalmente fuera de razón, crea a su vez a un segundo personaje, aún más patético que lleva la locura de Quijano a un largo viaje.

Don Quijote es la parodia de un caballero andante, caricatura de cuyo discurso se burlan los demás actores de la novela.
El narrador nos presenta a dos personajes fundamentales: Alonso Quijano, un Hidalgo venido a menos atacado por una locura literaria en la que crea a un caballero ridículo y grotesco. Don Quijote vive la ambigüedad entre su patetismo real, y su imaginación capaz de convertir a una prostituta en musa, en la dama más exquisita, y a unos molinos de viento en imponentes gigantes.

En sus tres primeros capítulos, don Quijote funciona como caja de resonancia de los ecos culturales de su época; utiliza temas, expresiones y rasgos estructurales de un tiempo histórico. Alonso Quijano conservaba en una lancera las armas viejas de sus antepasados. Hace alusión a Aristóteles, caballeros andantes como: Palmerín de Inglaterra y Amadís de Grecia, (El Caballero de la ardiente espada). Menciona a Mahoma y al traidor de Galatón, (renombrado personaje de la epopeya Carolingia); compara a Rocinante con los legendarios: Bucefalo de Alejandro y Babieca del Cid; lugares como el campo de Montiel, distrito de la Mancha, Percheles de Málaga, Islas de Riaran, Compás de Sevilla, Asogujo de Segovia entre otros parajes, (según la acotación) concurridos por vagabundos y maleantes.

¿Cómo definir al lector modelo de un texto que ha sobrevivido por 400 años?

Don Quijote de la mancha, según Oscar Wilde, tuvo éxito en una época en la que sólo se escribían libros pastoriles o de aventuras de caballeros andantes. Se volvió leyenda en los albores del siglo XIX, cuando el lector exhausto de la narrativa imaginaria, había perdido la fe en el estilo neoclásico y estaba harto de las peripecias sentimentales. En ese tiempo empezaba a concebirse el ser humano como un ente no limitado a pensar y a recibir sensaciones; el hombre debía sustentar objetivamente lo pensado, tomar conciencia del existir y funcionar de su propia vida. Este nuevo enfoque invadió el ambiente cultural y se revisó tanto la literatura conocida, como los proyectos que se desarrollaban en ese momento. Ese giro brutal del pensamiento en Europa, permitió redescubrir al Quijote, hallar detrás de la superficialidad cómica de sus personajes un reflejo de la diaria realidad. Eso le dio luz suficiente a la obra para revivir, e hincar la verdadera epopeya cervantina.

Jorge Luis Borges por su parte, asegura que Cervantes no pretendió jamás escribir una historia poética. Los lectores fueron los que a través de los años le han adjudicado el sentido poético. Su autor concibió la obra en un mundo prosaico y vulgar, (realista). Cervantes disfrutaba mezclando la vida sobrenatural del caballero de la triste figura, con la de él mismo, o la de los lectores, revolviendo lo subjetivo con lo objetivo.

El propio autor material, se dirige al lector. Lo presupone culto, conocedor y amante de la literatura; se disculpa ante su lector hipotético que disimulo las faltas del libro (a quien llama hijo). Asegura que su lector tiene alma en el cuerpo y un libre albedrío como el más pintado; lo ubica en su casa, como un señor “rey de sus alcabalas”, y lo autoriza para elogiar o criticar la obra sin temor alguno.

En el prologo, en palabra de un narrador imaginario se refiere al lector modelo como “el antiguo legislador al que llaman vulgo”, y le preocupa el Qué dirá. Le llama también “lector suave”

Podemos suponer que los súbditos de Felipe II, se rieron de don Quijote pero se identificaron con él. Quizá la mayoría se enteró de las hazañas del Quijote de oídas, ya que sólo una minoría sabía leer y podía acceder directamente al texto. Los analfabetos conocían a don Quijote y a Sancho a través de los cortejos, los bailes, las mascaradas. (Quizá en el siglo XXI pase algo similar. Todos conocen la historia, a los personajes, mediante obras de teatro, series de televisión, recuerdos de las clases de literatura, pero muy pocos han leído la obra completa)

Los lectores reales de la época, aceptaron la novela porque les hacía reír. No captaban la sutileza de una comicidad fundada en la parodia. Don Quijote de la mancha, provocaba junto con la risa una inquietud que no alcanzaban a concienciar. La locura, (según Michel Foucault), es una fuente de ambigüedad: al lector del siglo XVI le provocaba risa, se burlaba de ella; el lector contemporáneo considera poco sutil incluso indecente burlarse del loco y se solidariza con la soledad trágica de un héroe incomprendido. Hay una distancia enorme entre la visión actual del Quijote, y la que se formó la Europa clásica. Distancia reflejada en la evolución de las costumbres y la sensibilidad.

Don Quijote sintetiza las formas de ficción favoritas del Renacimiento. La obra trasciende de inmediato la España, y es traducida en toda Europa, encuentra nuevos lectores, se universaliza. El lector del siglo XVIII, testigo de la decadencia imperial española, le confiere un nuevo alcance. El insensato caballero, obstinado en defender el ideal heroico de una edad caducada, es España misma, representa a los españoles. La dualidad dramática, símbolo del encuentro ser y no-ser, convierte al Quijote en un héroe de los tiempos modernos. Los lectores de cuatro siglos lo llenan de sentidos. La fe en una verdad eterna, superior al individuo; la sed de inmortalidad, el miedo a la muerte.

El lector ha hecho su parte. Decodificado los artificios expresivos, abierto los diccionarios, descifrado lo no dicho; se ha vuelto competente para alcanzar la competencia del autor. Cervantes definió a su lector modelo: español, culto, abierto, conocedor, erudito. Don Quijote montado en Rocinante se brincó todas las tranzas, abrió el texto, le dio infinitas lecturas. El target elegido por el manco de Lepanto, se ha movido constantemente a través del tiempo para ser alcanzado. Las claves hipotéticas del lector han actualizado al texto, han descubierto al universo que se escondía tras bambalinas.


La ambigüedad del héroe

Don Quijote es protagonista, primer luchador, aunque modifica elementos típicos del paradigma, o los disimula bajo los cortinajes de la parodia, Los temas que le atañen, son los mismos tratados antes en los libros de caballerías, icono literario del siglo XVI.

Toma el estilo épico y solemne y le confiere un tono irónico. Los textos del Quijote rompen la etiqueta, la rigidez, y la sustituyen con el sentido del humor, la picardía, lo festivo y lo ridículo.

Don Quijote vive la ambigüedad de una realidad que lo rechaza, que se burla de su figura exótica y de su enajenación, con el idealismo de sus sueños. Esta ambigüedad define la identidad de un héroe sui generis, cuyas aventuras siempre terminan mal en el discurso de la novela, pero tienen un final feliz en la aventura del sujeto.

Don Quijote es un varón, cumple el paradigma machista de racismo sexual masculino. Debe superar algunas pruebas para ser reconocido: encantamientos, pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas. Buscar la honra en el servicio a su república, deshaciendo agravios.

Las historias de los aspirantes fracasados no se narran, según Blas Matamoro, pero don Quijote no fracasa. En su papel lúdico de caballero andante triunfa en todas sus empresas, es un héroe inefable.

Se exilia de la casa paterna, se reviste de poderes que no puede lograr en su esquema racional. Se disfraza de caballero y se muestra preparado para engendrar y proveer. Obtiene la categoría semiótica de “don”, y se muestra dispuesto a pasar por las pruebas de resistencia al mal, cometiendo actos que ante el mundo, son contarios a la norma.

Muestra la identidad fantástica de Alonso Quijano, identidad en la que se reconoce el lector, desde el español del Renacimiento, hasta el contemporáneo Ningún héroe ha vivido tan intensamente el drama de la identidad como don Quijote.
Bajo los parámetros del héroe de Freud, don Quijote es hijo y descendiente de nobles, los muestran sus armas, sus escudos heráldicos. Podemos considerar a Alonso Quijano padre engendrador de don Quijote, producto de su alienación, que lo abandona a su suerte en los campos de La Mancha. El héroe después de una serie de hazañas, escala posiciones, alcanza el poder y la gloria, y es reconocido por su padre.

Don Quijote realiza los ritos iniciáticos entes de emprender su viaje: limpia las armas de sus abuelos, apresta a su rocín, se bautiza como Don Quijote de la Mancha, elige a una dama para enamorarse, a quien bautiza como Dulcinea del Toboso, y en su primera salida se hace armar caballero.

Dulcinea funge como mujer-madre, que guía las andanzas de su caballero a través de La Mancha, pero también como mujer-hija, que engendrará a sus descendientes.

Quijano, padre creador, incita en su chifladura, a su hijo, don Quijote, a emprender el viaje iniciático hacia el futuro. A morir y renacer como caballero andante. La identidad del Hidalgo se borra, para dar paso a la identidad del nuevo superhéroe.

Don Quijote construye una figura paterna que sirve para discriminar y reprimir. El héroe es rey, conquistador y vencedor de sí mismo. Es sometido a terribles pruebas, en las que demuestra su capacidad para encauzar sus energías a grandes proyectos.

Alonso Quijano lleva a su héroe (alter ego) a las aventuras. Es malherido y resucitado, supera todos los obstáculos que encuentra, es sostenido en su andar por personajes buenos (Sancho Panza) que le ayudan a vencer a los malos. Don Quijote es el yo soñado, el yo heroico que muestra su identidad. La duplicidad del yo se encuentra en Sancho: Se necesitan uno al otro por ser opuestos: uno fuerte, el otro débil.

El paradigma heroico de estructura triádica puede vincularse a la teoría del sujeto y llevarla al análisis del Quijote. Las tres instancias subjetivas propuestas por Hegel pueden aplicarse.

1. El sujeto del lenguaje, Alonso Quijano, del que se habla en el primer capítulo, está sujetado pasivamente por una realidad que está afuera.


2. El sujeto de la praxis, don Quijote, se desprende de Quijano; se autoemociona, se mueve a sí mismo, y se constituye en realidad. Se sujeta a su obra.

3. El sujeto del saber, Quijano se ha objetivado saliendo de sí mismo en el lenguaje y en la praxis; recoge el reflejo de lo que ha hecho y que está fuera de sí, y llega al conocimiento.


La estructura triádica evoca el salir de sí, buscar la identidad en lo hecho fuera de sí mismo, haciendo de los extraño algo propio. Alonso Quijano regresa a sí mismo, reconoce la enajenación de su otro yo (don Quijote) y termina de acuerdo con el mundo, reconciliando lo manifiesto y lo latente, aceptando su identidad.

Entonces… muere.