martes, 1 de noviembre de 2011

Los muertos


Los muertos

Los muertos caminan sobre el agua.
Aprendieron a morir en futuro
y descifrar el ayer de las sepulturas de cristal.

Pueden leer los códices no escritos
en las bibliotecas invisibles y
traducir las lenguas que no han sido inventadas.

A los muertos los mata de risa leer
las preguntas existenciales de los vivos.

Aprendieron en la escuela elemental
—al primer minuto de estar muertos—
quienes son, de dónde vienen y adónde van.

Los muertos jamás asisten a los templos.
No necesitan dioses
profetas
ni santos.
Les alcanza la pura levedad
de saber estar muertos.


Aprendiendo a morir

Sentado en lo más alto
con el blasón clavado en la cúspide del tiempo
solo resta mirar el camino del ocaso,
la autopista de la decadencia
aprendiendo a olvidar,
olvidando aprender.
Buscando acaso las razones que nos condujeron
y las sinrazones que ahora nos exigen
desandar la travesía en caída libre
sin penitencias ni remordimientos
cosechando en el camino de bajada
las semillas que dejamos caer
convertidas quizá en frondosos árboles
o en ramas secas que murieron de sed.
Los cenzontles corean las golondrinas
esa canción que más que música es alma
y los rostros de tres tiempos
padres, abuelos
hijos y nietos
nos dan su adiós con pañuelos blancos
solicitando al gran juez arrastre lento.
Hay que leer los últimos cuadernos
aprender a dibujar un epitafio
arrepentirse de todo lo que no hicimos
y afrontar el resultado de los actos.
Lo hecho, hecho está, querido amigo
no son necesarias plañideras
ni la solemnidad pedante de los sepelios.
Basta mirar los ojos de la muerte
y avalar el epílogo con una sonrisa.


Me gustaría estar muerto una semana

descansar del laberinto de la vida y
ver qué historias cuenta Dios a los difuntos.
Una expiración temporal, que quedan cosas por hacer
y sobre todo por decir,
ya que no fui tocado con el pudor del silencio.

Me gustaría estar muerto una semana
en paquete all inclusive para no tener que cargar
con tarjetas de crédito, memoria de siembras y cosechas,
haberes y deberes y amores que provocan claustrofobia.
Simplemente cerrar los ojos y pasar la noche
tumbado en un féretro
hasta que mi aliento renueve sus ganas.


Acero y terciopelo

Qué ridículo estuvo mi sepelio!
El primer castigo que recibí
de Aquél que se escribe con mayúscula:
estar consciente.
Primera vez que lo estuve
el principio del cambio.

¡Qué gran farsa, qué gran fiesta!
Ante el cajón de acero y terciopelo,
tíos, primos, amigos, conocidos
llenaron de lugares comunes
a mi compañera de la vida

¡Era tan bueno!
decía, quien que me consideraba
el peor de los hombres.

¡Qué joven se nos fue!
murmuraba la chusma de ancianas
con disfraz de plañidera.
Yo: en estado de letargo
no iba ni venía
más allá del bien y del mal.

Tuvo su parte divertida.
La media noche. El último nadir
transmutó las lágrimas en risas.

Todos me olvidaron a las doce,
menos once. En su ingenuidad
pensaban que les iba a hacer falta.
Sin entender que en ese preciso
momento me habían olvidado

Todos, menos once
se fueron a seguir con sus vidas
por eso no les digo
qué se siente haber muerto.

Sólo a los once que se quedaron
hasta que me convertí en ozono
en un horno crematorio.

Dentro del fogón,
el ánima se resistía.
Finalmente se dividió en once.


Tercera llamada, tercera

Esto no es un ensayo general, señores. Esto es la vida.
Oscar Wilde

Se acumulan abriles y memorias
las canas votan, mayoría constituyente
asumimos que estamos ensayando
para el gran estreno:
la gala de la vida.

Y resulta que no, que nuestro tiempo
es la única función:
ópera prima
de la comedia-tragedia
que nos asigna el gran jefe.    

Vuelan calendarios sin conciencia
de que debutamos al primer suspiro,
somos personajes de una pieza
que tiene solo un acto.

El gran final anuncia el desenlace
los aplausos premian y castigan
la puesta en escena.
Los histriones agradecen
con una reverencia y se despiden. 

Tercera llamada, tercera
hay que desalojar el teatro para los debutantes
que esperan turno tras bambalinas.
Favor de apagar las candilejas al salir. 


Morituri te salutant

Desde el momento de su concepción entienden
que están condenados a morir a la primera sombra
sin haber bebido una copa de luz de luna.
Aceptan la fugacidad de su destino
y la premura de su carpe diem fantástico.

Visten entonces sus mejores galas
sacan del ropero al más azul de los mares
los abrigos de celajes invernales
y la paleta de los verdes bosques
para ser cadáveres gallardos.

Se saben verdaderos por ser bellos
y hermosos a fuerza de gritar verdades.
Su gloria es un relámpago inasible
portento inalcanzable con la mano.

Los amaneceres entregan su vida a las tinieblas
dando gracias por su efímero milagro.