martes, 27 de mayo de 2008

Autobiografía de una moneda (1987)




Nací en 1986, bajo el brillante sol de mayo, en las calles de Legaria de la Ciudad de México. Soy una moneda de cien pesos mexicanos, y fui acuñada junto con miles de hermanas, que entramos en circulación orgullosas de nuestro brillo y dureza, fundidas en una aleación de cobre, aluminio y zinc, por las manos mágicas de los famosos alquimistas nacionales, en la Casa de Moneda del Banco de México. Nuestra Alma Mater es la más antigua del Continente americano, fundada en 1535, por Real Cédula, firmada por la reina gobernadora Juana de Aragón, en representación de Carlos V.

Sin pecar de narcisista, soy muy bella. Como todas las monedas tengo dos caras. En la primera —popularmente llamada sol— tengo la imagen de Venustiano Carranza, político mexicano que fue Presidente de la República en 1917 después de haber comandado a las tropas constitucionalistas durante la guerra civil. En mi otra cara, llevo con orgullo el escudo nacional, donde se representa a Cuauhtli, el águila, con su majestuoso porte en el momento histórico de la fundación de México–Tenochtitlan de acuerdo a la descripción de Fernando de Alvarado, Tezozomoc, en la Crónica Mexicayotl:

Llegaron entonces
allá donde se yergue el nopal
cerca de las piedras vieron con
alegría
cómo se erguía un águila sobre
aquel nopal
Allí estaba comiendo algo,
lo desgarraba al comer.

Imagen que identifica a los mexicanos con su patria, desde que Agustín de Iturbide —emperador en 1822— tomó como escudo el águila imperial con las alas extendidas hacia el nuevo horizonte que la libertad le ofrecía. En 1923, una comisión presidida por el doctor Servando Teresa de Mier determinó que el escudo de armas, símbolo de la república: “sea el águila mexicana sin corona, con la culebra entre las garras, posada sobre un nopal que nazca de una peña entre las aguas de la laguna, y que orlen este emblema dos ramas, la una de laurel y la otra de encino, conforme con el diseño que usaban los primeros defensores de la Independencia . . . “

De la Casa de Moneda fui enviada a la sucursal de un banco: Me guardaron con cuidado, como algo muy valioso, en una enorme bóveda de acero. Ahí viví mis primeros días y me enteré de nuestra alcurnia platicando con algunas colegas. Por mi aleación corre oro amarillo —sangre azul de la numismática— sin lugar a dudas. Mi abuela fue una moneda de plata pura y mi bisabuelo, nada menos que un Centenario: moneda de 50 pesos de oro puro. Mi árbol genealógico data del siglo XVI, y mis antecesoras fueron monedas heroicas, acuñadas a golpe de martillo, obviamente rudimentarias, sin adorno en el canto, como nosotras. Después vinieron las columnarias —tías abuelas— de figura circular y con un cordoncillo en el canto que evitaba que fueran cercenadas o falsificadas. Se llamaban así porque en el reverso lucían dos columnas de Hércules con la leyenda Plus Ultra, bañadas por una ola de mar y entre ellas, dos mundos unidos por una corona.En los siglos XVIII y XIX surgieron las monedas de busto, llamadas así por tener en una de sus caras la esfinge del rey en turno.

Mi linaje tiene muchos siglos de historia, y mi genealogía más de treinta y dos mil antepasados, que sirven como un fiel testimonio de la historia de México.

Una mañana fui extraída súbitamente de mi refugio para iniciar mi vida circulante —de puta, dijeron las envidiosas de mis colegas—. Me entregaron al mensajero de una empresa como parte de la nómina quincenal. Fue mi primer trabajo formal. En el bolsillo de mi propietario, me enfrenté al mundo por primera vez. Estuve en el buró de su casa toda la noche. En la mañana fui entregada a su hijo como parte de la asignación diaria. Acabé mi segundo día en la caja de la pequeña tienda cooperativa de la escuela.

Durante los primeros meses de circulación, fui sometida a las más diversas actividades, aunque siempre en operaciones de menudeo. Fui propina de elegantes restaurantes y clubes, cambio de unos colegas llamados billetes —no entendía por qué mis propietarios le daban más valor a esos pedazos de papel sucio que a nosotras—. Me utilizaron para fines filantrópicos y en varias ocasiones, caí en sombreros viejos como limosna. Viví una vida de nómada y simbolicé la increíble apertura democrática de este país. Serví a importantes industriales y banqueros, a artistas famosos, intelectuales, deportistas, limosneros y ladrones. Estuve en manos de putas y de damas de la más rancia sociedad. Viajé por todas las colonias de la capital, desde las Lomas de Chapultepec hasta Ciudad Netzahualcóyolt. Pronto inicié mis primeros viajes fuera de la Ciudad. En sólo dos meses, conocí la mayoría de los estados de la República Mexicana, sufriendo los más extremosos climas y tratos. En el norte del país me cuidaban y me valuaban más que en el sur. En ciudades como Monterrey, me sentí una verdadera sultana. Me cuidaban como hija.

En uno de mis viajes a la capital del país, me encontré con una situación verdaderamente humillante. En el bolsillo de un obrero —que prestaba sus servicios en una fábrica de la colonia Industrial Vallejo— me enteré que también tenía valor como instrumento de diversión y de apuesta. Mi dueño me jugó en un encuentro de Rayuela. Se trataba de arrojarme desde dos o tres metros de distancia hasta una raya que había en el pavimento. Después sus amigotes hacían lo mismo utilizando sus propias monedas. El propietario de la moneda que quedará más cerca de la raya, se ganaba todas las demás. Cambié de manos más de veinte veces en unas horas. Después serví de instrumento para otro juego llamado Cuartas. Se trataba también, de arrojarnos a cierta distancia para después ceder el turno al siguiente competidor. Si quedábamos a menos de una cuarta —distancia entre las puntas del dedo pulgar y del meñique con la mano extendida— pasábamos a ser propiedad del ganador. Ese día me sentí menospreciada, utilizada para fines muy diferentes a los originales, para los que fui acuñada. Una verdadera puta.

Mi ego volvió a su nivel unos días después. Un empleado del gobierno me entregó —junto con un grupo de compañeras de generación— como domingo a su hijo de seis años. El pequeño me cubrió en su mano, trasmitiendo un calor y un afecto, que difícilmente recordaba desde que emergí del vientre de mi madre. Me introdujo por una pequeña ranura, en un simpático cochino de barro al que llamaba alcancía. Ahí pasé los días más felices de mi vida en compañía de muchas amigas. Tranquilas, bien cuidadas, y sobre todo valuadas. Para nuestro dueño, la alcancía significaba mucho, un tesoro. Representábamos sus sueños: una bicicleta, un balón de fútbol, en un sueño infantil. Nuestra existencia tenía un significado.

Mis vacaciones terminaron con brusquedad. Un golpe certero de martillo convirtió en añicos mi refugio y fui trasladada a la sucursal del banco que había sido mi primer hogar. Ese día viví una experiencia muy diferente. Caí en el bolsillo de un señor que trabajaba de árbitro de fútbol. Se dirigió al Estadio Azteca y en medio de una impresionante algarabía conmigo se dirigió al centro de la cancha. Mi dueño era el árbitro central de un partido muy importante del Campeonato Mundial de Fútbol, México 86. Me sentí muy orgullosa de ser mexicana. Más de cien mil personas en las tribunas creaban un espectáculo audiovisual impresionante. Las porras de México le ponían la carne de gallina, al más templado. La Selección Nacional se enfrentaba a su similar de Bélgica, con la posibilidad de pasar por primera vez a cuartos de final. De repente, el árbitro, los abanderados y los capitanes de ambos equipos se reunieron en el centro de la cancha para echar el tradicional volado que permitiría al ganador escoger el lado, en el que jugaría el primer tiempo. El árbitro metió la mano en el bolsillo derecho y me tomó entre sus dedos. Me mostró a los capitanes y me arrojó al aire, girando, ante la mirada expectante de los jugadores, del público del estadio, y de una cámara de televisión que seguía mi trayectoria llevando mi imagen a espectadores en todo el mundo. En ese preciso momento, cientos de millones de personas en todos los rincones del planeta enfocaron su vista a mí.

Instante de gloria, que muy pocas de mis congéneres han vivido. Escuché al capitán del equipo mexicano pedir águila. Lógico, invocaba al ícono legendario de nuestra mexicaneidad para empezar ganando. No lo podía hacer quedar mal. Respetuosamente, obligué a Venustiano Carranza a caer con cara al suelo para permitir a nuestro emblema nacional mirar al cielo, invocando a la victoria.

El árbitro gritó: ¡Águila!

La multitud gritó enardecida, me sentí realizada y feliz. Había puesto mi granito de arena en una victoria que enloqueció al país dos horas después.

Al cumplir mi primer aniversario se inició una época muy difícil. Como parte integral del Sistema Financiero Mexicano, no podía menos que preocuparme por la situación económica del país. A todos mis dueños, desde el empresario hasta el más modesto de los obreros, los escuchaba hablar de términos sofisticados de la alta economía: inflación, devaluación, alza en las tasas de interés, Crack de la bolsa de valores. El término que más me preocupaba y dolía era el de devaluación. En el bolsillo de un renombrado economista, pude entender qué significa, durante una conferencia que impartió en una universidad.

Mi denominación de cien pesos, no estaba en el valor intrínseco de mi material, de mi aleación, ni en la belleza de mi diseño. No contaba mi resistencia física, ni mi experiencia como moneda. El valor de los pesos mexicanos, billetes y monedas, era regido por sofisticadas fórmulas económicas relacionadas con las economías de otros países del mundo. Mientras más billetes y monedas fabricaba el gobierno, menor era su valor. La inflación hacía que cada día, nosotras valiéramos menos. Llegó el momento en que prácticamente dejé de circular. Ya casi no servía para nada. Hasta como propina era menospreciada. Mis propietarios no podían comprar nada conmigo. Empecé a quedarme en cajones de buró o de escritorio. Mis predecesoras, de mil, cinco mil y diez mil pesos, partían el turrón en esos días. Las raras veces que era utilizada, terminaba en las odiosas alcancías de destartalados telefónicos públicos. Las máquinas expendedoras de refrescos o de chocolates ya no me aceptaban. Fui víctima de la más brutal discriminación a que puede ser sometida una divisa.

Un acontecimiento vino a cambiar mi vida de manera radical. Una calurosa tarde de verano, viajaba yo en el piso de un minitaxi. Un pasajero que obviamente era extranjero, pidió a mi efímero propietario que lo condujera al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. En el camino fui cambiada por una libra esterlina. Fue entonces cuando empecé mi instrucción a nivel internacional y me enteré de que en los diferentes países existían colegas mías de diversos nombres y valores. Mi nuevo propietario era un apasionado aficionado a la numismática y para él, nosotras teníamos un valor muy especial. Me trataba como una verdadera reina. Apreciaba mi sangre áurea. En su bolsillo crucé el Océano Atlántico por primera vez y sin pasaporte.

Llegamos a Londres, una ciudad donde hace mucho frío y hay neblina. En su casa -después de presumirme con su familia— me colocó con cuidado y afecto en un estuche de terciopelo. Me depositó en un gran armario, donde conocí a mis colegas de todo el mundo. Sentí una química muy especial con una peseta española. También con los cruceiros, quetzales, colones, pesos y demás hermanas latinoamericanas. Conocí a un insoportable dólar de plata de Estados Unidos. Se creía el rey del mundo y se metía en los asuntos de todas las demás, como si alguien lo hubiera nombrado regidor internacional. Casi no nos dirigía la palabra, nos miraba por encima del hombro. Sólo se llevaba con los marcos alemanes, con los francos suizos y con las monedas fuertes. Se metía en la vida privada de las piastras de Libia, de los shillings sudafricanos, y no dejaba en paz a las monedas asiáticas. Tenía interés particular en joder a los dinares iraquíes, y los afganis.
La neta, mí me hacía los purititos mandados e incluso alguna vez, estuvimos a punto de agarrarnos a golpes, pero la plata no llegó al río gracias a la intervención de una corona sueca que nos separó.
En esa vida placentera transcurrieron muchos años, hasta que un ladrón asaltó la casa de nuestro dueño y se robó una gran cantidad de monedas, incluyéndome. Volví a la vida nómada. Di tumbos por Europa y Asia. Por circunstancias de la vida, caí en manos de un piloto mexicano que me trajo de regreso a mi país.

Eran los primeros días de 1994. Grande fue mi sorpresa al enterarme de que estaba fuera de circulación. Un año antes, se había decretado un nuevo peso que valía mucho más que nosotras. Circulaban monedas muy modernas y de gran belleza. Nuevos pesos que nos relegaban y condenaban a morir fundidas o a ser abandonadas en cualquier sitio.
¡Aquí estoy!, en el fondo de un baúl, del sótano de una casa. No me va tan mal. Estoy acompañada en este oscuro recinto por otras monedas de viejos pesos, prendas de vestir jubiladas, una vieja lámpara y álbumes de fotos. Digan lo que digan los economistas, aún traigo grabado el símbolo de mi país. El águila sobre un nopal devorando a una serpiente. Aún conservo mis propiedades de dureza y resistencia. Algún día voy a volver a la vida circulante. He pensado en reunir a millones de colegas que deben estar en alguna parte e iniciar una revolución monetaria que nos vuelva a la circulación.

Tarde o temprano volverán a saber de nosotras.

9

1 comentario:

Daniela Matos dijo...

Disfruté mucho de este increíble relato a cerca de la vida de una paisana nuestra.
Nunca la numismática había tenido una historia tan amena, al menos no me había tocado leer algo así, a cerca de este tema.
De hoy en adelante voy a tratar con más respeto a todas esas monedas antiguas que guarda mi hijo en una pirámide bancaria.
Con mi afecto: Daniela