viernes, 2 de julio de 2010

Reseña Sendero de un hombre solo.



Reseña
Levy, Luis Haime. (2009). Sendero de uno solo. México: Editorial Jus


Con tres voces diferentes: la de un narrador omnisciente, la de un psiquiatra que, faltando a los principios de la ética profesional, nos comparte la historia clínica de su paciente, y la del protagonista central de la novela, Manuel Tribal, Luis Haime Levy nos relata la historia de un hombre común, lleno de complejos y de frustraciones como hay muchos.

Ya el título nos permite prever el argumento. La soledad interior es uno de los temas más recurrentes de la literatura mexicana. Tribal, a pesar de tener esposa y cuatro hijos, que apenas aparecen en el libro, es un solitario espiritual atado a su genealogía de manera obsesiva. El prólogo nos anticipa la trama, que se desarrolla en un hospital, mientras el protagonista vela los minutos finales de Sofía, su madre, un poco fetiche, la mujer dominante que ha influido de manera relevante en su amargura y soledad. Durante su agonía, la voz primera del narrador nos relata el dolor de Manuel, su frustración por el éxito de su hermano mayor, el gran Berny, que le ha hecho sombra desde que eran niños.

La inminente muerte de Sofía desencadena la historia, en la que Ariel, su padre, es un personaje más atado a la inercia de la madre dominante. La voz del narrador se transmuta en la voz del personaje, y al alimón nos relatan algunos pasajes de la vida familiar.

En la novela de Levy, cuya formación y actividad profesional han navegado en el mundo de las finanzas, no pasa nada extraordinario. Quizá en eso reside su atractivo. Se relatan sucesos cotidianos, eventos que la mayoría de los lectores conocemos. No hay grandes aventuras y mucho menos, héroes protagónicos. Manuel Tribal es en realidad un anti-héroe. Los personajes que desfilan en las 113 páginas, son como una película en blanco y negro, escenas extraídas de cualquier familia mexicana de clase media. Por eso, el libro tiene muy definido a su lector objetivo. Manuel Tribal, el personaje central; Bernardo, su hermano exitoso que le ha causado grandes traumas desde siempre; Sofía, la madre que agoniza ante el dolor del hijo que presenta por momentos destellos edípicos; Ariel Tribal, el padre y esposo, fallecido tiempo atrás y el psiquiatra, Ben Reubén, alrededor del cual circula la trama. Al carecer el libro de aventuras emocionantes, el interés se mantiene en los sentimientos interiores de Manuel, en sus miedos, en sus complejos y en sus fantasmas, anticipados en la dedicatoria del autor.

Los capítulos se alternan de manera original, entre el narrador omnisciente que en tercera persona relata la historia, y la voz en primera persona de Reubén, el psiquiatra que le cuenta al lector el cuadro clínico de Manuel, como si estuviera hablando a una grabadora. A través de esta voz nos enteramos de la edad y la etopeya de Manuel, de los temores que lo paralizan y lo llenan de angustia. El relato en primera persona se vuelve diálogo y nos permite escuchar al paciente cuestionando al profesional:

“Cuándo me voy a sentir bien otra vez”
“¿Seis meses? ¿Voy a estar seis meses en estas condiciones? Me voy a volver loco, no lo voy a soportar. (Pág. 23)

Y al doctor respondiendo:

“Paciencia. Paulatinamente se sentirá mejor. Nos vemos la próxima semana.

Los capítulos del psiquiatra terminan en un alarde de ingenio literario, con la Historia Clínica del paciente, el diagnóstico y el tratamiento prescrito.

Así transcurre la trama, alternando las voces. Levy nos conduce de manera pausada a un viaje interior por las pasiones de Manuel. Sus turbaciones, la aventura de tres generaciones de inmigrantes turcos asentados en diferentes sitios de de la República Mexicana. Nos narra la leyenda de los fracasos de su abuelo y de su padre, de la bancarrota familiar, de su idolatría por Berny, que se convertiría en una carga emocional casi imposible de sostener.

Las voces se mezclan, hay que concentrarse para saber quién está hablando, y los tiempos también. La cronología se dispara y nos lleva del diván del psiquiatra, a la sala de espera del hospital recorriendo la colorida biografía del clan Tribal. De repente, se detiene el relato y el autor nos cuenta con lujo de detalles cómo es la espera en el hospital:

“En el ambiente tenso se miraba lo cerrado de la atmósfera interna, olía a temor combinado con alcohol y medicamentos; se escuchaba el latido de los corazones de los que ahí estaban, tensos con la mirada atenta” (Pág. 50).

La muerte, primero de Ariel, el padre de Manuel, y finalmente de Sofía, se convierten en los acontecimientos torales de la novela, exceptuando, por supuesto, el inesperado final. Levy aprovecha ambas muertes para relatarnos las tradiciones luctuosas judías.

“Metieron la caja en el salón para el lavado ritual: Había que devolver a la tierra el cuerpo limpio que le fue prestado para su paso por esta vida” (Pág. 84)

“El Rabino se acercó a Bernardo y a Manuel, les entregó una hoja de rezos con el Kadish…

Yitgadal beyitkadash shemé rabá vealmá …“ (Pág. 85)

Y llegamos al capítulo decimocuarto, que a manera de epílogo nos cambia la jugada y nos presenta a Manuel Tribal relatando en primera persona la inesperada muerte de su psiquiatra, el único ser humano que lo escucha y lo comprende.
La ausencia de su espejo dialógico, del receptor de la transferencia total de su alter ego, lo lleva a la mayor crisis de su vida a tal grado que…

El lector tendrá que sacar sus propias conclusiones.